sábado, 17 de marzo de 2012

Reflexiones insomnes: regalos inesperados

Son las seis de la mañana y un dolor de rodillas me recuerda que llevo casi 48 horas sin dormir. Este vuelo Chicago-Miami con asientos no reclinables no ayuda. Además, cada vez que cierro los ojos, veo cálculos de valor presente y árboles de decisión. Parece que la semana de finales me jodió el cerebro mas de lo que lo enriqueció.

Para distraerme y dejar de pensar en el value added y los conflictos de agente, trato de escuchar algo de música de avión. La primera canción: una mezcla andino electrónica que me traslada a mis épocas universitarias de menús de tres lucas. No se si los olores o la música funcionan mejor para evocar recuerdos.

Hace como nueve años, cuando aún era una entusiasmadísima estudiante de economía, el presupuesto diario solo me permitía una cajetilla de Malboro y un menú de menos de cinco soles. Es por eso que el día que  el "Chifa vegetariano" abrió sus puertas frente a la universidad, de inmediato conquistó mi monedero de Garfield. Incluía sopa y segundo por el módico precio de tres soles. Me volví una asidua concurrente del lugar.

Fue por uno de esos días que, mientras almorzaba con unos amigos, me sorprendió una melodía casi celestial, muy diferente de la música con la que el dueño del chifa me torturaba usualmente. Esta melodía fluía a través del espacio y la materia, te acariciaba el cerebro y te daba ganas de ser un poco mas feliz.

No pude ocultarlo. Poca música me conmueve. Por diez minutos traté de explicarle a mis acompañantes lo increíble que se siente que una melodía te tome por sorpresa. Sin embargo, mi absoluta falta de conocimiento musical llevó a que me diera por vencida. Decidí preguntarle a mi amigo, el dueño del chifa, de qué disco se trataba. 

No fue fácil. Él hablaba muy poco español y yo no hablaba nada de chino. Luego de tratar de venderme galletas de yogur, barras de granola y darme la cuenta, finalmente entendió la pregunta y me señaló a un tipo que estaba sentado en una mesa al lado de la mía. El disco era de él. En ese punto mi completa falta de ganas de hablarle a un desconocido pudo más que mi interés y decidí abandonar el tema.  

Regresé a mi mesa y me reintegré a la conversación de turno. Pocos minutos después, el supuesto dueño del disco se paró de su mesa y se acercó a la mía con un disco en la mano. Ah! pensé, es un vendedor de discos. Con una sonrisa fingida y amable, le respondí: gracias, no tengo plata en ese momento. Con una sonrisa honesta y dulce, el me volvió a acercar el disco: Es para tí. Perpleja y sin saber que hacer, estiré la mano y tomé el disco. El tipo volvió a sonreír, me tocó la cabeza y se fue. 

Todos en la mesa se quedaron callados. Por qué diablos un vendedor de discos que nadie conoce me regalaría un disco? La respuesta se dio fácil en la foto en la carátula. El acusado de vendedor era en realidad el autor, interprete y compositor. 

Parece que esa tarde de universidad le di un regalo inesperado y sin intención a quien decidió, a cambio, darme un regalo inesperado y sin intención. Una de esas raras y ricas coincidencias, que te hacen sonreír a 10 mil metros de altura luego de dos días sin dormir.

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