Las flores de las jardineras están despintadas. Tanto verano y tanto sol no les hicieron bien. Ahora son fucsias y a la vez rosadas, naranjas y a la vez melones, moradas y a la vez lilas. Parece que les gusta trepar por las paredes de las casas y vestirlas de colores que son al mismo tiempo fosforescentes y desgastados. Mi madre las llamaba buganvillas y más de una vez trató de que treparan por la pared de mi casa también. Es posible que las flores reales se despinten?
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Tengo un iPad y soy una niña otra vez. Desde la última Barbie nueva a los trece años, no me había vuelto a sentir tan entusiasmada con un objeto. Tengo veintinueve años y he descubierto que todavía puedo tener un juguete. No paro de mirarlo cuando no puedo jugar con él. Escribo este post casi solo para probar que me sirve para todo. Me encanta mi nuevo juguete que demoró dieciséis años en llegar. Me encanta más quien me lo regaló con tanto amor y entusiasmo.
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Insisto en creer que se me fue la inspiración y en culpar por ello a mi monótono trabajo, que me obligó a conformarme. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que todavía puede haber esperanza para mí. Ya dos veces en las últimas semanas sentí ese ardor de saber que puedo hacer algo que importe, de no pensar solo en mí y de querer ser trascendente. Ya dos veces me sentí viva mas allá de este momento.... Derepente mi inspiración solo estaba haciendo una siesta y derepente debería yo empezar a hacer ese calendario de countdown en el que tanto he pensado. Derepente las semanas pueden volver ser algo más que esperar por las seis de la tarde y el viernes...
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Me corté la mano el 27 de agosto tratando de procurarme un pedazo de queso que cumpliera con mis requerimientos de forma y tamaño. Fue algo insignificante, pero cinco meses después tengo una cicatriz horrenda e imperdible con la forma de algún estado gringo a la que no le puede dar el sol y que muy seguramente necesitará una cirugía menor (no, no es de esas de las que te sientes orgullosa porque te hacen ver más valiente). Mi cicatriz me recuerda dos cosas: el cumpleaños de Salvador y mi terrible terquedad. No vuelvo a cortar queso jalando el cuchillo hacia la mano que lo sujeta, no porque acepte que mi técnica es equivocada, sino porque me dolió.
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No dejo de soñar con mi casa y debe ser por eso que la extraño más que nunca. Mi casa es donde fui una niña y una adolescente. Donde formé mis sueños, donde lloré como nunca, donde me sentí protegida. Extraño especialmente a mi cuarto, que fue durante años mi propio y privado mundo formado por muebles de color melón. Con sorpresa me doy cuenta que cuando cierro los ojos, puedo ver cada detalle de mi cuarto tal y como lo dejé por última vez hace cinco años. Veo cada mueble, cada adorno, cada muñeca de pierrot, cada peluche elegido. Puedo sentir el olor de los muebles y la manera en que el colchón me recibe cuando me echo en la cama. Puedo abrir cada cajón y ver la ropa que guardaba. Me doy cuenta de que a veces una necesita un lugar donde volver y envidio en secreto a quienes aún lo conservan.
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El mar tiene la cualidad de hacerme sentir feliz de manera instantánea. No importa ninguna resaca, tristeza, pms, cansancio o enojo, una vez que pasaron los diez segundos iniciales de frío, cuando estoy en el mar, soy plenamente feliz. Las olas que revientan o las que están por reventar o las que nunca se formaron me fascinan (vengan con arena o no) y mi principal criterio para comprar una ropa de baño es que me deje tirarme huacachas con comodidad. Me encanta como brilla el sol en el agua y disfruto al pelear con las corrientes para tratar de mantenerme en un solo lugar. El mar me hace sonreír con cara de tonta y me provoca dar saltos. Definitivamente creo que eso podría llamarse un pedacito de felicidad.