viernes, 3 de agosto de 2012

Nueve años, siete meses y doce días

Cuando lo conocí, ya tenía varias cicatrices de guerra. Sin embargo, el trauma de las heridas pasadas no pudo más que mis ganas de enamorarme de él. En ese tiempo, a veces muy lejano y a veces tan reciente, mi juventud y mis ansias de vida habían predominado sobre el miedo siempre y cada vez.

No recuerdo con claridad si primero me gustó la luz que irradiaba su sonrisa sincera o si fueron sus intentos inconscientes de protegerme del mundo, pero tengo la certeza de que fue desde el día en que hablamos por horas, que supe que quería tenerlo cerca de mí. Luego de unas semanas de tratar de ser amigos, me encontré disfrutando de su compañía más que la de nadie. No puedo decir precisamente cuando, pero fue durante alguna conversación de necios idealistas que resolví enamorarme de él sin miedo y sin control. Al mismo tiempo, el eligió quererme con su corazón grande y bueno.

A través del tiempo, él, lleno de paciencia y amor, combatió y mitigó de a pocos mi locura indómita y altanera. Yo, con menos paciencia pero buena intención, contribuí a aliviar su procrastinación. Nos hicimos bien y crecimos juntos. Y cada año que paso, aprendimos a querernos mejor.

Yo no podía esperar para verlo cada día. Me fascinaban su alegría, su inteligencia, sus sueños y su amor. Con los años, vi como los golpes de la vida lo hicieron más sabio y más fuerte y aprendí que el amor también se alimentaba de admiración. Su capacidad de ser feliz pese y gracias a todo escapaba a mi entendimiento, pero me inspiraba a ser mejor e inhibía mis miedos de vidas, muertes e incertidumbres.

Él me decía que le gustaba mi alma (de) vieja y la vena que se me dibujaba en la frente cada vez que me reía con ganas. Además, estoy segura de que en el fondo le gustaba también la locura que siempre quiso controlar, pues era la culpable de que lo amara como nunca se imaginó.

Fue en algún momento en medio de ese tiempo que me di cuenta de que lo querría para siempre. No sé cuando, pero él decidió quedarse conmigo también.

Hoy, hace nueve años, siete meses y doce días nos dijimos por primera vez que nos habíamos elegido. Hoy, hace once meses y veintinueve días se lo dijimos a algún burócrata de Miraflores también. Sin embargo, fue mucho, mucho tiempo antes, que lo conocí en un sueño y desde entonces lo esperé.

...

Una vez escuché que el cielo estaba lleno de las cosas que más nos gustan. Gracias por el cielo, Aparicio.


No hay comentarios:

Publicar un comentario