Traía, en su pequeña mochila de perro recién nacido, miedo a todo - en especial a la vida- y una fragilidad que no se podía ver por lo ancho de sus patas.
Le tomó más quererme de lo que a mí a ella. Y a mí me tomó bastante.
Como mi memoria es frágil, no intentaré ser exacta. Sin embargo, sí diré que esos primeros días de compartir mi vida con ella se sintieron algo más largos que meses: Ella evitándome. Yo rabiando. Ella no queriendo estar viva. Yo queriendo quererla, o al menos tenerla. Sin poder.
Era enorme mi necesidad de ternura - hasta ahora lo es. Pero Roo, entonces Ramona, no se quería dejar querer. Ni un poco. No quería que la toquen, no quería que la vean, no quería que le hablen. Otra vez, y repito, no quería que la quieran.
Era enorme su necesidad de desaparecer. Ahora es enorme ella. Ya no se llama Ramona. La llamé como quise. A la fuerza la hice mi perro. Y sin querer, ella se hizo mi dueña.
Tenía solo semanas de haber llegado cuando, después de días consecutivos de no soportarnos, yo andaba huyendo a cafés solo para no estar con ella.
Estoy segura que su alivio era mayor que el mío cada vez que me veía salir por la puerta.
Una noche, insomne como muchas en ese tiempo, se la pasó agitada y sin poder respirar. Nada cambió en la mañana siguiente, ni por la tarde. Cuando el veterinario me dijo que tal vez no pasaría de esa noche, no le creí. Cuando fui a verla al día siguiente y me dijeron que había sido casi un milagro que aún estuviera viva y que, más sorprendente aún, tal vez me la podría llevar, no me admiré.
Pero cuando entré a verla, en esa jaula triste, apretada y apestosa, al fin lo entendí.
Fue la primera vez en esos largos días, o semanas, o tal vez meses, cuando Roo -entonces ya no Ramona- y yo -de ahí en adelante, la esclava de Roo - nos vimos.
Fue ese el día en que nos dijimos todo. Claro, sin poder hablar: Ella, me elegía como su proveedora de abrazos, aplastamientos, masajes, piropos, admiración, adoración, devoción. Yo, la elegía como mi maestra de aceptación, interdepencia y amor incondicional.
Cuando salí al día siguiente con mi perro - de entonces más de 20 kilos- cargado sobre mis hombros, no sabía lo que me esperaba. Pero ya no me importaba mucho tampoco.
—
Hace dos meses que llevé a Roo a su control veterinario después de más de un año de pandemia. Con la culpa correspondiente de no haberle dado a mi perro de tres años y medio su dosis de vacunas de cada año.
El veterinario la vio y dijo que era un perro precioso. Mientras él hablaba, yo corregí: es un perro perfecto. Solo fue en mi mente. O tal vez lo dije?
Luego me dijo que sus dientes estaban en perfecto estado. Y que le sorprendía que sus orejas estuvieran impecables.
A mí no me sorprendía nada. Me pasé el último año todo el día y todos los días cuidando cada detalle de la vida de mi perro. Corté sus uñas duras de perro. Limpié sus hermosas orejas de perro. Lavé sus dientes enanos de perro gigante. Masajeé cada músculo de su perfecto cuerpo de perro bebé. Una lástima que el veterinario no pudiera evaluar también eso.
Al finalizar la consulta, y con gran inteligencia emocional, me dijo -el veterinario: tiene solo un kilo de sobrepeso. No está gorda, pero mejor quietarle ese kilo.
Llegué a mi casa con actitud de duelo: Como podría dejar ir un kilo de Roo? Si me lo gané a pulso. Si cada pedazo de este perro lo he cuidado más que a mi vida. Cómo procesar que algo en mi perro puede sobrar?
Sus rollos de perro son perfectos. Su pelo rubio/ rojo / zanahoria de perro es perfecto. Sus anhelos de perro son perfectos. Sus miedos de Roo son perfectos. Su manera insaciable de tomar siestas es perfecta. Su alegría eventual es mucho más que perfecta. Su forma de acompañarme es perfecta. Su manera de quererme exactamente como soy, es inesperada. Y es perfecta. Como deshacerme de un kilo entero de eso?
Mi perro de 46 kilos con un kilo de sobrepeso ha sido mi mayor guia de humanidad. Sin intensión, sin pretensión.
Mi perro que tiene de amigo un chanchito. Mi perro que se asusta de los espejos y las flores y las bolsas y del viento. Roo que cuida a los perros bebés y que trata de comerse las olas del mar. Mi perro al que le he compuesto como diez canciones. Mi perro que se deja vestir, operar, bañar. Todo para darme gusto. Roo, que cuando duerme sobre mí, me hace sentir el ser más importante del planeta.
Vamos a bajar ese kilo, Roo, pero me duele en el alma pensar que algo de ti tiene que desaparecer.
—
Espero algún día parecerme un poquito más a Roo. Y si no se puede, espero quererme un poquito más como me quiere Roo.