jueves, 23 de diciembre de 2010

El taxi y el jueves por la tarde

Me gusta cuando me cae el sol en la cara. Al pensarlo, me doy cuenta de que es mi sensación favorita. Recuerdo cómo Arequipa, hace diez años, me ofrecía incansable la opción de matar el frío bajo sol y ahora la extraño endemoniadamente, casi únicamente por eso.

En Lima el sol dura menos de 90 días al año, o al menos así lo siento yo. Hoy, cuando los rayos lograron atravesar algunas nubes, y me cae el sol en la cara, maldigo los rezagos de brisas frías de otoño que no me permiten entrar en calor.

Me gustan el sol y el calor, porque siempre tengo frío.

Pero estos poco rayos de sol no son lo único bueno de esto momento. Ver la calle con ojos de pasajera, también es una buena contribución. No pensar en el tráfico, en los semáforos y en las combis es simplemente liberador. Estar en este taxi me acaba de evitar veinte minutos de inventar insultos y reflexionar sobre el sentido de justicia y respeto de los choferes que se pelean conmigo en las insufribles y malcriadas calles de Lima. Además, he descubierto, con algo de asombro, edificios nuevos en lugares por los que paso todos los días. En estos, mis veinte minutos, me siento absolutamente en paz.

He escapado de mi trabajo por tres-punto-cinco días gracias a la Navidad. Mañana duermo hasta tarde, pienso. El día puede ser mío al fin. Ya no me importan las computadoras ni los aires acondicionados que me dan tos, y menos aún las personas vestidas con terno que insisten en enviarme mails al Blackberry desde la madrugada. Ya no me joden los saludos forzados y tarjetas institucionales de Navidad. No tengo que pretender nada ni decir nada, eso quedo atrás, así sea solo por solo un ratito. Soy la pasajera de un taxi Remisse y me voy a mi casa en una tarde soleada del segundo día del verano.

Pienso en el cielo, en la vista al parque de mi balcón, en las ardillas que viven en el árbol del frente, en la sonrisa de Christian, en mi casa disfrazada de Navidad desde el 30 de noviembre, en los heladeros de D’onofrio con sus cornetas, en que de repente hago una siesta de después-de-almuerzo acompañada del sol del atardecer y sin darme cuenta, me estremezco de felicidad. La vida es rica, pienso. No importa nada más. Hasta decido perdonar a esta pobre brisa que insiste en quitarme el calor.

Solo por un rato, no tengo ambiciones ni rencores ni miedos. No importa si me voy al MBA, no importa que hace tiempo se me fue la inspiración y tampoco importa saber ya casi de memoria que soy una disconforme crónica. Decido dejar de recriminarme por las cinco últimas comidas que me indigestaron en los últimos cinco días seguidos y de lo apretado que ahora me queda este pantalón. Es jueves, segundo día de verano.

Me gusta ver las calles con colores chillones y árboles y música, con gente comprando como loca y tratando de complacerse mutuamente. Ahora, no me importan las obras sociales, ni la religión, ni los niños, y menos me importa si alguien cree que eso es lo que debo pensar. Veo el árbol del Ovalo de Miraflores al frente de Saga y recuerdo lo mucho que disfruto escogiendo regalos de Navidad.

Mientras me acerco a mi casa, insisto en aferrarme a la felicidad que acabo de disfrutar, pero ahora se vuelve un esfuerzo. Recuerdo que tengo un grito atracado en la garganta hace ya un buen tiempo, y solo ahora me doy cuenta que por eso he aprendido a suspirar.
Me trago el grito y respiro. Me bajo del taxi y la tarde está espectacular. Mañana es Navidad, pienso, y me vuelvo a tragar el grito. Me gusta la Navidad, pienso, y me doy cuenta que esta vez no tanto. Suspiro. Decido no pensar más.

viernes, 29 de octubre de 2010

En las alturas

“Imposible que duerma acá”, concluí luego de diez minutos de tratar de decidirme. La frazada era ploma, pesaba al menos tres kilos, tenía un diseño de cuadrados blancos y rojos y un olor extraño e indescifrable que la terminaban de hacer simplemente repulsiva.

La frazada de la cama de al lado también era ploma, tenia vicuñas negras en lugar de cuadrados blanquirojos y un tono semi-marrón que me ahuyentaron de inmediato.

Me tenía que quedar con la frazada que apestaba a solo-Dios-sabe. Dormir con los zapatos puestos y una buena casaca con capucha, solucionarían el problema, pensé dándome falsos ánimos.

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Habíamos viajado por casi cuatro horas. Los caminos fueron serpenteantes y peligrosos, pero el paisaje era tan hipnotizante, que su belleza alejaba la idea de muerte en las carreteras, que hoy no deja de atormentarme.

En algún momento del trayecto, en la mitad de la sierra peruana, a miles de metros sobre el nivel del mar, el mundo tuvo sentido después de mucho tiempo. La vida era hermosa solo porque sí. El aire fino y difícil de respirar, la cara partida por el frío, los andenes antiguos, los cerros, la inmensidad azul intenso, la vida y yo. Todo tenía sentido y, cada vez que inhalaba, sentía un placer desconocido y tranquilizante. La vida era buena y sin importar nada, yo había descubierto que podía ser feliz, una vez más.

Cuando llegamos al pueblo, la fascinación que sentí en la carretera se empezó a desvanecer. Más tarde, una vez en la habitación que sería mi morada por los próximos días, donde me encontré analizando frazadas, más bien me sentí atrapada en un mal sueño.

Íbamos a permanecer en el pueblo dos semanas. Éramos cinco personas. Todos hombres menos yo. El hospedaje: una habitación con seis camas con frazadas malolientes y con un baño a la intemperie. Sobre el agua caliente, ni siquiera me atreví a preguntar (seguro podría vivir dos semanas sin bañarme… o inventar alguna excusa para regresar a la civilización cuanto antes).

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Para mi sorpresa sobreviví las dos semanas sin más sobresaltos que una pésima resaca luego que descubrí de manera literal lo que significa que “te dé el aire” y a punta de almorzar y comer galletas de soda con té todos los días. Más sorprendente aún fue darme cuenta de que mi hospedaje había sido un lujo comparado con los que vendrían días después.

Aún recuerdo con incredulidad cómo, una semana después de haber dejado el pueblo, dormí en el piso de una oficina que era usada como almacén en la municipalidad de una comunidad que ya no tiene nombre en mi cabeza. La comunidad no tenía luz eléctrica y esa fue literalmente, la noche más obscura de mi vida. No podía ver mis propias manos sin acercármelas a cinco centímetros de la cara y claramente, dar un par de pasos era casi un deporte de aventura. El remate se presentó al día siguiente, cuando una fiebre de 39 grados me acompañó a caminar por tres horas en medio de los andes interminables.

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Mi aventura de caminos serpenteantes por la sierra, malos hospedajes y peor comida terminó luego de un par de meses, cuando mis ascos y miedos iniciales habían quedado ya bien enterrados. Aún recuerdo con nostalgia esos días, cuando la vida dejó de tratarse de modas importadas, pelos bien peinados, ropa nueva y comida caliente y empezó a tratarse de algo más…de algo que ahora ya no me acuerdo. Hoy es como un sueño lejano y borroso, pero por un momento que acabó antes de empezar, mientras ayudaba a armar fitotoldos en Huancavelica y participaba en audiencias comunales, me sentí trascendente.

Desafortunadamente le tomó a la Lima solo unos meses traerme de vuelta al mundo de las vanidades, comodidades y superficialidades que hoy me procuro y consiento diariamente con abierto descaro y que he llegado a creer, merezco. Solo ayer me avergonzaba de mi misma cuando la chica que atiende en el restaurante donde almuerzo, se esmeraba por convencerme de que el plato del día sería “de mi agrado” y que ella misma se encargaría de pedir que lo cocinen a mi gusto. Soy tan una ladilla engreída a los ojos de esa pobre mujer, que me habla como si fuera una niña de cinco años que se rehúsa a comer lo que no le gusta.

Siete años hace que dormí bajo una frazada ploma de tres kilos a casi cuatro mil metros de altura y caminé por horas luchando contra la sierra para poder respirar mientras fumaba un Hamilton de veinte céntimos. Hoy recordé ese tiempo, en que fui libre y valiente a los 22 años, y anhelé la libertad de no tener miedo de lo incierto, la libertad de no pensar en mi imagen mirándome de vuelta en un espejo y la sensación de ligereza que da.. justamente eso que ya no me acuerdo.

viernes, 27 de agosto de 2010

Soy Del Carmen

Nací el día de la virgen del Carmen. Siempre me dijeron que eso era algo especial y yo lo creí. Durante varios años fui a la serenata para recibir el 16 de julio, donde la gente comía, chupaba y rezaba hasta la madrugada. Todos esperaban recibir y festejar mi cumpleaños y había fuegos artificiales y misa y fieles. Qué más necesitaba una niña para convencerse de que su cumpleaños era algo especial.

Mi segundo nombre es Del Carmen, no solo Carmen, sino Del Carmen. Dice la leyenda que me pusieron el nombre sin que mi mamá lo supiera, porque de haberse enterado del plan a tiempo, hubiera ido ella misma, luego de parirme, a la municipalidad de Arequipa a asegurarse de que el nombre que ella había diseñado para mí no fuera malogrado por un innecesario y absurdamente religioso “Del Carmen”.

Me cuentan que cuando nací, además de una cesárea y una epidural, hubo llanto de alegría y jarana criolla. No sé si fue por eso o porque crecí escuchando al Zambo Cavero y a Chabuca, que me sé de memoria casi todas las letras de las canciones criollas bajo el sol.

Mientras crecí, me dijeron que era brillante, que tenía talento, que era capaz de hacer lo que quisiera, que era preciosa y que el mundo sería mío algún día. Cuando lloré, me consolaron con ternura y optimismo. Cuando tuve pesadillas, me abrazaron cada vez. Cuando tuve miedo, me cuidaron. Además, como si fuera poco, me cepillaron el pelo antes de irme a dormir y me compraron regalos increíbles e inesperados. Mientras crecí, sé que fui adorada y me sentí como una reina.

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Salvador se fue cuando yo tenía once y estaba terminando de ser una niña. Cuando se fue, perdí mi trono y mi corona, dejé de disfrutar de su amor mientras me cepillaba el pelo, de sus abrazos luego de las pesadillas, de sus regalos con juguetes pasados de moda, de sus casettes del Zambo Cavero y de la seguridad que sentía con solo verlo venir.

Para él, para Salvador, fui una reina desde que nací y me puso del Carmen a escondidas y lloró de alegría cuando me vio por primera vez.

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Hace años que no creo en vírgenes ni en santos ni en el hecho de que mi fecha de nacimiento tenga algún significado particular. Sin embargo, hoy, al darme cuenta de que nací el día de la virgen de la que mi padre era devoto, me siento más especial que nunca. Hoy entiendo que Del Carmen no es solo la parte que desentona con mi nombre, sino que es la parte que más me gusta.

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Es 27 de Agosto, Salvador, y vives en mi corazón y en mis acciones. El mundo es mio papá, en gran parte gracias a tu amor.

martes, 4 de mayo de 2010

Joaquín y su amigo Carlitos

Hace dos años Joaquín tenía nueve. Lo conocí una tarde iluminada, en otra vida.

El mes exacto no lo recuerdo, pero me parece que fue primavera porque Joaquín llego a mi oficina con sandalias y yo andaba con el humor de cuando sé que se acerca el verano en Lima.

Todavía puedo ver con claridad y nostalgia el color de la oficina cuando tocaron la puerta, recuerdo la silueta de “S” de Joaquín entrando negra contra el sol. Recuerdo su voz tan sincera y su discurso tan ensayado. Recuerdo la tristeza que quedó cuando salió.

Yo me había pasado todo el día trabajando algún informe y criticando las pocas noticias locas (pocas en ese tiempo) que encontraba en El Comercio en mis momentos de ocio. Ese día, como otros, había estado salpicado de las bromas más necias, las risas más incomprensibles y seguramente un paso de baile o dos. Eran tiempos felices y para confirmarlo, de vez en cuando se usaban sombreros de la felicidad para trabajar con inspiración. Los sombreros venían de algún matri reciente y la inspiración usualmente no entraba hasta avanzada la tarde.

Joaquín llegó en la mitad de alguna conversación muy tonta y de sonrisas que no tenían nada que ver con él. Sus primeras palabras, que formaron una frase con poco sentido, no hicieron más que exacerbar las ganas de soltar una buena carcajada: "Buenos días (en la mitad de la tarde) he venido a que me vendan (el vendedor era el) unos lapiceros para mi amigo Carlitos". Joaquín quería vender lapiceros y una vez tragadas algunas bocanadas de seriedad ante lo que pensé se venía, me animé a preguntar por qué.

Joaquín de nueve años explicó de memoria cómo su amigo Carlitos, que estudiaba con él en el colegio, había sido diagnosticado de cáncer, cómo los tratamientos eran caros y complejos y cómo en su clase se les había ocurrido vender lapiceros para ayudar a la familia a recaudar plata. Mientras Joaquín explicaba y nosotros preguntábamos, el ambiente oscurecía de a pocos y yo empecé a temer el momento en que las preguntas obvias acabaran. Cómo cerrar una conversación como esa? Qué decirle a Joaquín con su short apretado, su voz de pito y su alma inocente? No había mucho que decir: Joaquín había andado toda la cuadra, de casa en casa, tratando de vender lapiceros de colores brillantes que tenían el nombre de Carlitos estampado. Joaquín sabía que tenía que ayudar y ayudaba. Joaquín esperaba que el resultado fuera positivo. No había nada que decir. La idea de Joaquín era genial. Yo también vendería lapiceros porque no se podía dejar morir a Carlitos por falta de plata y seguro que cuanto más lapiceros vendiéramos, más rápido se curaría Carlitos!

Le pedí a Joaquín que me dejara la caja que tenía consigo y que me trajera otra después. En ese momento mis ganas de que el mundo fuera justo y de que Carlitos, también de nueve años e hijo único, no muriera tomaron la forma de cajas de lapiceros.

Amarillo fosforescente, morado, naranja, rojo y azul se vendieron como pan caliente. Nadie dejó de conmoverse con la historia de Carlitos, el niño que nadie conocía. En esos días, me asombraba y regocijaba pensando en cómo sí se puede cambiar un pedacito del mundo por una buena causa, en cómo Carlitos se curaría porque un montón de gente tuvo muchas ganas de que lo hiciera. Esto sería una excelente manera de comprobar muchas teorías que yo tenía dando vueltas en la cabeza desde hace tiempo. Todo estaba saliendo perfecto.

Pero un día Joaquín volvió a la oficina. Seguía usando las mismas sandalias. La ropa era diferente, aunque todavía parecía que reventaría si él respiraba muy fuerte. Esta vez Joaquín no venía con la cara de quien espera ni con los nervios que lo hicieron tambalear la primera vez. Carlitos había muerto y él (Joaquín) solo quería agradecer la ayuda que le habíamos dado. Pese a la fe y la solidaridad y la esperanza, Carlitos había muerto a los nueve años de un cáncer que ya no me acuerdo.

Joaquín explicó que no se pudo hacer mucho y contó la historia brevemente. Estaba triste y una vez más no había mucho que decir. Solté algún discurso creado y aprendido por mi misma sobre cómo la gente que queremos nunca muere sino que sigue viva dentro de nosotros. Un par de menciones sobre cómo Carlitos era ahora un ángel que cuidaba a sus papás y sus amigos. Muchos deseos de que estuviera en un lugar mejor y fuera mucho más feliz de lo que había sido en la tierra... Eso era todo Joaquín, tengo ganas de llorar y me volteo para que no me veas. De verdad espero que creas que todo va a estar bien.

Esa fue la última vez que vi a Joaquín. No deja de conmoverme su ternura cada vez que pienso en él y en sus ganas de salvar a su amigo Carlitos. De ellos y su inocencia me quedan dos lapiceros, uno morado y uno naranja, que cuido con ridículo celo. Me gusta pensar que son mis lapiceros de la suerte y absurdamente (como la primera vez), espero que no se acaben solo porque no quiero.

martes, 30 de marzo de 2010

FEM

Hace unas semanas tuve una breve conversación que me reveló la manera en que una parte de la sociedad limeña percibe a las mujeres. Debo advertir que mi muestra no es significativa, sin embargo la considero relevante por un sorprendente 100% de respuestas coincidentes.

Todo empezó cuando una amiga me dejó ojear un libro que ella leía. Después de leer diagonalmente las tres primeras páginas me sentí literalmente cacheteada. La premisa del autor: el objetivo de vida de la mayoría de mujeres es casarse y tener hijos. Las siguientes líneas comentaban cómo él había ideado un cuestionario que consistía en hacer un cálculo de la edad a la que una mujer debía conocer a su príncipe azul con el fin de perfeccionar el alcance de los objetivos antes mencionados: casarse antes de cierta edad, tener hijos antes de los treinta y mantener una relación con una duración mínima aceptable antes del matrimonio.

Cerré el libro indignada tan solo por la premisa del sujeto y con la esperanza de poder destruirlo durante un buen rato, cuando mis dos amigos presentes (hombre y mujer) me dejaron muy en claro su opinión: concordaban totalmente con el autor, pues la mayoría de mujeres que ellos conocían tenía como fin último dos cosas: casarse y tener hijos. Es más, me dieron varios ejemplos de mujeres que pensaban de esa manera y yo conocía y por tanto, no podían entender ni mi sorpresa ni mi exaltación, además, acaso objetivos tan loables tenían algo de malo?

Vamos por partes. Creo que los objetivos de vida, los fines últimos de cualquier persona son tan válidos como los míos. Por otro lado, no considero que el desear una familia tenga algo de reprochable, todo lo contrario. Lo que me sorprende es que en la premisa planteada por el nuevo integrante de mi lista de autores-que-nunca-leeré, está implícita una visión casi unidimensional de la vida de una mujer. Dónde quedaron la realización profesional, intelectual, espiritual y millones de otros aspectos?

En los últimos días anduve ensayando posibles respuestas para explicar la nueva premisa que me había sido planteada sobre el supuesto gran objetivo de la vida de muchas mujeres:
- Es un tema ligado a la preservación de la especie?
- Se trata de roles, de lo que uno cree que es su destino, lo que “le corresponde”? (como en algunas castas en la India)
- Es un tema aprendido de memoria? Es algo que les enseñaron de niñas?
-Es algo simplemente deseable por ser lo más cómodo, o por ser muy sacrificado o porque lo impone alguna religión de manera subliminal o muy explícita?
- Es simple y puro instinto, deseo, urgencia incontrolable?
-Es una mezcla de un poco de todo lo anterior?

No se la respuesta, e insisto, me parece legítimo y loable que una mujer quiera formar una familia, sin embargo, me pregunto: Es eso lo único a lo que debe aspirar, es eso lo indispensable, es la condición necesaria y suficiente? Más aun, es ese el rol primordial que la sociedad debe atribuirle?

Personalmente, no lo creo. Creo que hay mucho más dentro de mí que esa maravillosa capacidad de parir y brindar cuidado y protección. Me considero un ser humano (antes que una mujer) con infinitas posibilidades de ser y hacer lo que quiera en diferentes ámbitos de mi vida. Creo que puedo trabajar en cualquier cosa, estudiar lo que me provoque, elegir si tener hijos, decidir cómo vestirme , usar las palabras que mejor expresen lo que quiero contar y ciertamente, tener la vida que sueño, sin restricciones impuestas por haber sido fabricada con algunas partes de menos.

El objetivo de mi vida es ser feliz y/o encontrar paz (hace tiempo que deje de tener la certeza de que uno me llevaría ineludiblemente al otro). Qué creo que me llevará lograr mi amplio y ambicioso objetivo? Seguramente una chamba que me apasione, un gran amor, buenos amigos, una familia, la aceptación de mi misma, aprender y saborearlo, pedazos de chocolate a lo largo de todo el camino, e incontables factores más.

No sé si mi visión de vida es diferente a la de la mayoría de mujeres. Ciertamente, cuento muchas amigas que comparten mis objetivos con algunas variantes. Tal vez simplemente la premisa que me hace parir este post es equivocada o es exagerada. En cualquier caso, no puedo decir más que:

que cada quien sea feliz como quiera ( y lo más importante, como pueda).

jueves, 11 de marzo de 2010

LIZ. 11 de Marzo. Piscis

Hoy tendrías 56. Es una edad que de seguro no te gustaría nadita (aún recuerdo cómo te jodieron los 40). No te puedo imaginar vieja, si incluso cuando yo tenía 12 y tú 39, se sentía como que tú fueras menor: Tu piel más suave, tu cara más fina, tu cuerpo más flaco y tu entusiasmo más vivo. Hermosa, joven y delicada en mi memoria, cómo serías de 56?

Pensar que te quise tanto durante mucho tiempo, que orbité a tu alrededor durante años, que cuando te fuiste, pensé que moriría de pena…. y que hoy me cuesta recordar siquiera como se sentía quererte.

No te puedo mentir, después de 14 años la memoria empieza a fallar, pero cada medio año me esfuerzo mucho en dibujarte en mi cabeza: Cómo era tu voz? A qué olías? Si me vieras hoy, creerías que me parezco a ti? De qué hablábamos? Con qué soñabas? Qué anhelabas? Qué te dolía? Qué te hacía reír?

Cuando recién te fuiste me empeñaba tanto en grabarte de memoria.... Cómo me aferraba a tus recuerdos, cómo trataba en honrarte con mis lágrimas, cómo no quería parar de sufrir, cómo pensaba que, tal vez, si no te olvidaba, nunca morirías...

Con el paso del tiempo y con el dolor casi inerte puedo decir que hoy te recuerdo muy poco, que te sueño cada cinco días, pero que te vivo siempre:

Tu perfeccionismo rabioso, tu rebeldía feminista, tus ganas de resentirte, tu compasión incomprendida, tu fobia a los ratones, tu fuerza interior, son mías.

Mi miedo al futuro, mi adicción al tabaco, mi pasión por la vida, mi controlismo incontrolable y mi falta de ganas de ser sociable, son tuyos.

Liz, desde que no estás, me ha parecido verte varias veces caminando en la calle y, cada vez, imagino que en algún lugar, en algún mundo, estarás viviendo otra vida, queriendo a otros hijos, soñando otras locuras. Imagino que la muerte no es el fin, sino un nuevo comienzo. Imagino que nunca dejamos de querernos, imagino que siempre serás mi madre, pero más que nada, imagino que eres muy feliz.

viernes, 12 de febrero de 2010

Vivientes

Julio vive sentado y usa polos de Metallica. Es callado y no le gusta que le hagan preguntas tontas. Julio es adolescente y por eso, anda un poco rebelde. Cuando se acuerda que no tiene piernas, se siente un poco más rebelde. A Julio le cortaron las piernas hace ocho años después de un partido de futbol y después de que murió su mamá. Julio es hemofílico y no sabía cuidarse solo cuando se quedó huérfano a los 10 años.


A Ruby no le gusta estar en su casa y a veces nos parece que sus risas son exageradas. Nunca la pude leer, pero siempre me cayó bien. Cuando crecimos, un día, después de varias chelas, Rubi contó que sus papas se divorciaban AL FIN! Otro día, después de tres rones en un pijama party contó que su papá había abusado de ella durante casi toda su niñez. En el 2010, Ruby tiene hijos y nunca piensa en su papá. Ruby tampoco piensa en que su mamá se hizo la loca durante más de 15 años y la perdonó hace 14.


Jhony es inteligente y despierto, aunque no lo parezca porque siempre está callado y con la mirada puesta en el piso. Jhony quiso ser ajedrecista, pero le dijeron que no. Igual es feliz porque se ganó una beca para estudiar. Aún no sabe qué va a estudiar y la beca solo sirve para un año, pero Jhony tiene un plan y se siente bendecido. Hace tres semanas a Johny se le murió el papá en un accidente de carretera y tuvo que ir a reconocer el cadáver con sus 16 años. Jhony no habla de eso, solo piensa en su beca y el negocio que pondrá después.


De Saul casi ni me acuerdo y lo debo haber visto a lo mucho diez veces en mi vida. Saul trabajaba con mi familia y después se vino a Lima con su familia a forjarse, entre todos, una vida mejor. Saul y su familia consiguieron un puesto en un mercado. Después de un tiempo vinieron a desalojarlos y Saul defendió lo que era suyo con manos y pies. Cuando me llamaron para que vaya a ayudar a Saul a un hospital, supe que Saul había perdido una mano defendiendo su puesto de mercado. Cuando le ofrecí ayuda no quiso aceptarla, pero sí quiso saber cómo estaba mi familia e insistió en contarme lo mucho que nos quería. Saul es un ángel que un día conocí.


A Luzmila nunca la conocí en persona. La vi hoy en el noticiero. Tenía cara de ser esas personas que siempre huelen un poco a comida y un poco a sudor. Parecía cansada por unos kilos de más y sus ojos reflejaban la paz a la que se llega después de muchas vidas. Luzmila salió de su casa, caminó y se paró a esperar un bus. El bus llegó, pero no paró. Luzmila salió en televisión esta mañana por haber sido atropellada por un hombre que tiene 18 papeletas acumuladas en dos años. Es posible que Luzmila pierda una pierna.


Kiara, Paty y Soledad son tres hermanas. Viven en la sierra y tienen chapas que brillan en el sol. Ninguna usa zapatos, pero tienen que caminar al colegio todos los días. Tienen una mini-granja en el patio de su casa y lo que más les gusta son los conejos (a Kiara los pollos). Las tres saben que sus mascotas son comestibles, pero les da igual. Kiara, Paty y Soledad son las tres niñas mas despeinadas que vi en mi vida. Jugamos a peinarnos cuando las conocí y cuando terminamos de jugar, quedaron peor que antes. Hoy, las tres deben ser adolescentes y sinceramente espero que sigan siendo tan felices y libres como en Febrero del 2003.


Hoy traigo estas historias de dolor (y algunas de horror) con un solo objetivo: Recordarme que la vida no es siempre justa y no siempre tiene sentido, pero hay seres humanos extraordinarios que son capaces de construir sobre las ruinas y ser felices pese a la adversidad. Ellos eligieron vivir después de sobrevivir y de ellos, a quienes admiro en silencio (y cuyos nombre son ficticios), espero aprender algún día a aceptar el mundo como es y hacer limonada al fin.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Martes (semi continuación de "Del mismo material"

Como desafortunada casualidad o gracias a la maldición que me persigue por cantar victoria antes de tiempo, luego de dos semanas de mi post de fumadora-que-no-quiero-ser, ayer me fumé medio pucho, año y medio después.

Debo decir con vergüenza que las dos primeras pitadas fueron el cielo: Sabor mezclado con respiración mezclada con lugar conocido que da calma. Desafortunadamente para ese pucho, las pitadas tres, cuatro y cinco fueron cada vez mas tortuosas, raspadoras de garganta y me impregnaron de un olor que hace tiempo decidí que no quiero tener. Lo apagué.

Me quedé mirando a mi ex cómplice con algo de asco y mucha nostalgia. La pena que tuve Ayer, no me la pudo calmar.

A Ayer lo veía venir desde hace casi una semana y el viernes el miedo en la panza me despertó dos horas antes de lo acostumbrado. Era claro que ayer llegaría en cualquier momento, lo malo es que no tenía idea de cuál sería la cara, esta vez, de mi temido Ayer.

Ayer llegó. Fue como un golpe, violento, doloroso y me quitó la respiración. Ayer, otra vez, no lo pude entender, solo lo sentí y pensé que si el dolor fuera físico, seguro me desmayaría (porque es de esos dolores que deberían tener como prerrequisito un dolor de parto, para que por la comparación, duelan menos).

Tengo años, al menos seis, tratando de entender por que el amor no es suficiente para curar viejas heridas y por que el castigo no forma, sino separa. Cada año que ha pasado ha contribuido a agudizar mi sensibilidad y así, hacer que cada golpe (de realidad) se haga más fuerte (dentro de mí), tanto que ayer llegué a recurrir a mi prestamista de último recurso.

Hoy, tengo que empezar a sanar y para mi infortunio, eso implica aceptar. He pasado años tratando de cambiar una realidad que no está en mis manos cambiar y entender algo que mi intelecto nunca podrá entender. Tengo que aceptar. No sé cómo hacerlo, pero tengo fe en que aprenderé. Aceptar de seguro ayudará a reducir la sensibilidad y eventualmente, el dolor?

Por ahora y como dije antes, solo me queda desear que el universo te cuide y desear con aún más fuerzas: que seas feliz.

Te quiero tanto que duele. Y no es una exageración.

miércoles, 3 de febrero de 2010

La oración que quisiera ser capaz de sentir cada día

Trato de no ser católica desde hace tiempo. Una reveladora preparación para la confirmación en el colegio, sumada a un curso obligatorio de teología en la universidad, me convencieron de que el catolicismo no era lo mío. No creo en muchos de sus preceptos, ni en sus santos, ni en sus interpretaciones y ciertamente, aceptar dogmas no es consistente con la persona que quiero ser.

Sin embargo, me limito a decir que trato no ser católica (y no que no lo soy) porque 15 años o más de culpas, ofrendas, promesas, temores y guardar-apariencias no pasaron en vano, más aún cuando esos años incluyeron toda mi infancia.

Este tratar de no ser católica no riñe con mi creencia en la existencia de un ser superior, como muchos equivocadamente creen, y por el contrario, todas las noches le rezo a quien no tiene nombre definido y representa, para mí, el amor, lo infinito, la justicia, la paz, la bondad y todos los buenos deseos del mundo.

La oración que pienso cada noche es más que nada, un espacio de reflexión obligado, que comparto con ese ser superior que es también mi conciencia. No sé si en la oración esté yo autorizada a pedir algunas cosas, sin embargo, nunca esta demás desear (con cautela, para no ser conchuda ni ofender).

Ayer hice la oración que me gustaría tener la mayor parte de noches, pero que en días ocupados, me resulta difícil recordar. Estoy segura de que le faltan todavía varios pedazos, pero por ahora, se oye así en mi cabeza:

GRACIAS
Por un día más
Por el amor que recibo, a veces gratis e inesperado
Por mi familia y mi familia elegida después de nacer
Por los besos que doy y con tantas ganas
Por el tiempo que pasé no haciendo nada y disfrutando cada segundo
Por las risas y las bromas tontas
Por las buenas conversaciones
Porque hoy, si me hubiera provocado, habría podido correr
Por el sol y las brisas que traen olores de hojas que nunca conoceré
Porque pude comer cuando tuve hambre y si no lo hice, fue porque vivo a dieta
Por el parque frente a mi casa
Por mi trabajo (el que sea que esté de turno)
Por las opciones, que hoy fueron muchas

POR FAVOR, quisiera….
No olvidarme de que en mi búsqueda de felicidad, debo tratar de ser feliz cada día
Que mis grandes amores sean felices
Que mis grandes amigos busquen ser felices
Que mis muertos estén felices, así estén muertos hace mucho
No tener miedo por el pasado ni generarme miedos nuevos
No desperdiciarme en rencores y resentimientos
No contaminarme con celos ni envidias
Poder contribuir a aliviar el dolor (y que el dolor se alivie solo también)
Hacerme sabia
Recordar y mejorar esta oración todos los días

martes, 26 de enero de 2010

Pucha

Desde que tengo uso de razón, el cigarro ha sido parte de mi vida. Mi madre y mi padre fueron grandes fumadores y cuando cumplí 16 yo misma decidí empezar a fumar.

Todos los recuerdos de mi niñez están plagados de olor a pucho e hilos ondulantes de humo blanco. Había humo en los cuartos, en las calles, en los autos y vi gente fumar todos los días y en todas las circunstancias. En los ochenta fumar estaba más que permitido, no solo en lugares públicos, sino también en pulmones ajenos, Así, fumé humo de segunda mano de miles de extraños y decenas de conocidos, y detesté cada bocanada.

Pese a que Nubeluz me parecía una pesadilla de fin de semana que nunca terminaba de terminar, con algo de vergüenza debo confesar que el "Papi, papi, papi deja de fumar” fue una de las muchas armas que traté de usar para alejar el humo de mi vida. Claro está, ni la tonta canción ni ningún otro recurso funcionaron y tanto mi padre como mi madre fumaron hasta el día de su muerte.

No sé cómo ni por qué abandoné la promesa de nunca fumar que me hiciera de niña. Entre los 14 y 15 ya había dado algunas pitadas para probar y por ahí había gorreado un pucho y lo había tratado de fumar completo, solo para sentirme grande, interesante. Sin embargo, lo único interesante de esas ocasiones era que no podía "golpear “ y lo que hacía era guardarme el humo en la boca, darle vueltas con la lengua y luego botarlo. Parecía (según yo) casi una estrella de cine, claro que con matices de intelectual.

Luego, a los 16, después de varios ensayos de "Si soy mujer y se fumar, boto el humo después de hablar" y un verano muy agitado, llegué a marzo con una nueva determinación: sería una fumadora, pero de las de verdad. Compré mi primera cajetilla de Marlboro rojo de 20 y de ahí en adelante cambiaron pocas cosas: bajé la intensidad a Light después de una semana, pasé a la cajetilla de diez porque andaba misia, y cambié a Lucky cuando dejaron de traer Marlboro. Fumé y no pude parar.

Los primeros años tuve la ilusión de no estar enganchada. Tan consciente había sido mi decisión de empezar, que en cualquier momento podría parar, si quisiera. Solo que, no quería. Y esto lo creí sinceramente. En términos de economista incomprendida, yo tenía clarísimo que fumar era malo, pero la utilidad que me daba era mayor que el costo. Fumar ya no solo me hacía ver interesante, sino que también me quitaba el hambre, me quitaba el frío, me ayudaba a digerir cualquier comida y lo mejor, me quitaba la soledad y un poco el temor. Fumar podría haber sido dañino para la salud (a fines de los noventa, porque hoy lo es), pero era bueno para mi mente, así que “decidí” no parar.

La primera vez que se me ocurrió que de repente fumar no me hacía más bien que mal, fue en el 2001. Llevaba fumando casi cuatro años y tomando ingentes cantidades de café por más de tres, cuando tuve mi primer ataque de pánico. Dejé de fumar durante casi dos meses hasta que el estrés y la soledad de un terremoto me hicieron regresar. La segunda vez, el intento me valió un año y medio, pero nuevamente algún estrés emocional me hizo volver al compañero incondicional. La tercera vez la gracia duró un par de meses y me costó cerca de cinco kilos (que me dieron la excusa perfecta para tratar de dejar después). En todos estos intentos el común denominador detrás de mi decisión fue la salud: el nerviosismo, la tos persistente, el cansancio, el dolor de pecho, las resacas insufribles y los crecientes episodios de migraña.

Estoy en mi cuarto intento y hoy a la salud, le sumé un nuevo factor: No quiero ser una fumadora.

Un día me vi salir (más de cinco veces) de una reunión donde estaba prohibido fumar y pararme sola en el frío, solo para fumar y poder continuar. Me vi un día desesperada y sin poder irme a mi casa tranquila luego de trabajar, porque no tenía una cajetilla de puchos en la cartera. Un día, me di pena cuando me vi planeando un viaje, donde al imaginarme caminando sin un pucho, pensé que era mejor no viajar. Otro día, me vi en todas-y-cada-una de las fotos de mi reencuentro de ex alumnos con un pucho en la mano y pensé que yo ya no quería ser esa persona.

No fumo hace un año y casi un mes, pero fumé desde que nací y me cuesta cada día no hacerlo. No sé si algún día logre dejar de ver el mundo como una fumadora y deje de extrañar el pucho. Algunos ex fumadores me dicen que eso nunca pasará, pero creo que vale la pena intentarlo.

viernes, 22 de enero de 2010

Del mismo material

Tomando prestado un recurso común: Te quiero tanto que duele.

Eres mi tercer amor, pero sin duda, el más persistente. Te conozco desde antes que naciéramos, cuando eras un angelito, y ni tú ni yo teníamos idea de que la vida se podía poner muy complicada algunas veces (sí, así no lo creas, desde antes de nacer nos elegimos y por mi lado, debes saber que si vienen mil nuevas vidas, te elegiría en cada una).

Hemos compartido los mismos afectos, nuestros ojos han visto los mismos lugares, nos hemos reído de las mismas bromas y nuestras mentes prefieren olvidar (seguramente) las mismas cosas.

Estamos hechos del mismo material y, por eso, los dos somos grandes adictos al tabaco, preferimos la soledad, tenemos el mismo pelo y nos da flojera casi todo.
Por eso, a veces, la vida nos da miedo.

Debe ser porque nos parecemos tanto, que nos hemos pasado más de la mitad de nuestro tiempo en la tierra peleando; y te he odiado tantas veces, que ya no las puedo contar. Si fueras cualquier otro, seguro que hace tiempo te habría puesto en mi caja de personas que prefiero olvidar (solo por la pura flojera de no pelear más). Pero antes de nacer te prometí que te querría siempre, y créeme: Siempre te voy a querer.

Sin embargo, Nunca imaginé que querer(TE) podría doler(ME) tanto. Seguro algún día entenderé que somos dos individuos (parecidos pero) diferentes y que tu (igual que yo) vas a encontrar tu camino, a tu manera. Mi controlismo contigo, sin embargo, por ahora, es incontrolable.

Hay tantas cosas que me gustaría que aprendas sin tener que sufrirlas, pero como yo, eres terco y eliges ver para creer. Mientras tanto yo no puedo hacer más que mirarTE y desear para ti.

Deseo:

Que elijas ser feliz.
Que elijas ser honesto.
Que elijas ser leal.
Que elijas ser hacedor de tu destino
Que elijas amar de verdad
Que elijas reconocerte
Que elijas no tener miedo
Que elijas quererte, aunque sea solo la mitad de lo que yo te quiero.

martes, 19 de enero de 2010

Con-formándome

En algún punto de mi vida me convencí de que si algo no me gustaba, yo tenía que cambiarlo. O al menos tratar.

No me acuerdo si alguien me lo dijo, si saqué la idea de algún libro o, si por alguna falla de mi razonamiento, equivoqué esta conclusión (en realidad lo más probable es que mi madre me lo inculcara antes de que yo pudiera decidir si la idea me gustaba o no). Sin embargo, sí recuerdo claramente la primera vez que tomé consciencia de este principio. Fue el mismo día que descubrí que mis verdades universales eran más bien muy locales.

Tenía 16. Estaba en cuarto de media y mi promoción del colegio había pasado semanas preparándose para un concurso. Llegado el día, luego de un aplaudido desempeño, nos había quedado claro que éramos los indiscutibles ganadores. Grande fue la sorpresa cuando horas después, nos enteramos de que lo único que habíamos ganado era un miserable segundo lugar. A todas luces la decisión había sido injusta (para nosotros, los perdedores) y por lo tanto, había que armar un plan de acción para remediar la situación: Enviar una carta al Director, hablar con la Junta Directiva, mandar un fax a la Asociación de Padres de Familia, presentar una queja formal ante el Ministerio de Educación y, si era necesario, llamar a la policía. Se había cometido una injusticia y para que el mundo tuviera sentido otra vez, alguien tenía que remediarla!

Estaba yo en medio de estas reflexiones, tratando de azuzar a un par de incautas, cuando fui interrumpida por una cachetada de triste realidad: "hijitas, para qué se hacen problemas, las cosas son como son, suficiente con que ustedes sepan que lo hicieron bien, déjense de tonterías y ya vamos a la casa". Era la mamá de una de mis mejores amigas. La mujer que en un segundo pasó de ser mi tía a ser mi casi nadie, alguien con quien nunca más tendría algo en común (pensé). Ella vivía fatigada antes de iniciar la batalla, yo (pensándolo de manera consciente por primera vez), JAMAS, me rendiría sin pelear. Yo no. Yo nunca.

Me programé de inmediato, me convencí en un instante: YO NUNCA ME CONFORMARIA.

Desde el día que tomé tamaña determinación han pasado ya más de doce años y tratar de aplicar este principio me ha deshidratado más de una vez, por decir lo menos. Creo que uno de los mejores ejemplos de esto es también el más absurdo. Hace un par de años, me acababa de mudar y siendo aún joven e ingenua, traté de transferir mi número de teléfono fijo de Telefónica del Perú. Para hacer la historia corta, cuatro meses después de instalada en mi nueva residencia, no tenía línea telefónica, había acumulado cuatro recibos por esta línea inexistente y había desperdiciado alrededor de 30 horas de mi vida tratando de obtener una respuesta lógica de Telefónica. Para alguien que haya tenido que lidiar con esa empresa o alguna de sus relacionadas, sabrá que no exagero cuando digo que un día, mientras trataba de explicar mi caso por centésima vez, llegué a llorar de rabia con la operadora en el teléfono.

Tuve varios casos como el de Telefónica, peleas absurdas con interlocutores imposibles, entre los que probablemente se encuentran todos los bancos del Perú con sus respectivas áreas de servicio de atención al cliente. Cada mal servicio, cada promesa incumplida, cada publicidad engañosa, yo tenía que solucionarlos. Tenía que hacerles ver su error, que lo reconocieran, que lo resarcieran y que además, pagaran mi costo de oportunidad por el tiempo perdido en el teléfono con ellos. De todas estas batallas ridículas, el 90% solo sirvió para empeorar mi gastritis y hacerme fumar una buena decena de cajetillas de cigarros de más, el 5% fueron triunfos que no me dieron más que una alegría pasajera de media hora y el 5% restante terminaron siendo anécdotas graciosas gracias a un par de testigos que tuvieron a bien disfrutarme, hasta cuando repetía mi nombre completo, fecha de nacimiento y dirección cuatro veces en un día, solo para probarle a alguna operadora que yo era yo.

Otros casos igual de menores en importancia, pero repetitivos a lo largo de mi historia reciente, incluyen discusiones (que trataron de ser asertivas) con más de una decena de personas abiertamente racistas u homofóbicas, cerradamente religiosas o simplemente indiferentes. La mayoría de enemistades y fracasos que cuento aquí incluyen a quiénes me referiré como fanáticos religiosos que, no gracias a mis argumentos dejarán de creer que los homosexuales no tienen alma y los no cristianos no tienen salvación. También están los que ya no dicen “cholo”… delante de mí.

Luego de doce años de tratar de no conformarme de manera consciente, las anécdotas absurdas han sido sin duda mi menor costo y me han servido para sacar un nuevo principio: Elige tus batallas. Es posible que ese haya sido el mensaje que la mamá de mi amiga de 16 años quisiera transmitirme ese día de 1997.