Me gusta cuando me cae el sol en la cara. Al pensarlo, me doy cuenta de que es mi sensación favorita. Recuerdo cómo Arequipa, hace diez años, me ofrecía incansable la opción de matar el frío bajo sol y ahora la extraño endemoniadamente, casi únicamente por eso.
En Lima el sol dura menos de 90 días al año, o al menos así lo siento yo. Hoy, cuando los rayos lograron atravesar algunas nubes, y me cae el sol en la cara, maldigo los rezagos de brisas frías de otoño que no me permiten entrar en calor.
Me gustan el sol y el calor, porque siempre tengo frío.
Pero estos poco rayos de sol no son lo único bueno de esto momento. Ver la calle con ojos de pasajera, también es una buena contribución. No pensar en el tráfico, en los semáforos y en las combis es simplemente liberador. Estar en este taxi me acaba de evitar veinte minutos de inventar insultos y reflexionar sobre el sentido de justicia y respeto de los choferes que se pelean conmigo en las insufribles y malcriadas calles de Lima. Además, he descubierto, con algo de asombro, edificios nuevos en lugares por los que paso todos los días. En estos, mis veinte minutos, me siento absolutamente en paz.
He escapado de mi trabajo por tres-punto-cinco días gracias a la Navidad. Mañana duermo hasta tarde, pienso. El día puede ser mío al fin. Ya no me importan las computadoras ni los aires acondicionados que me dan tos, y menos aún las personas vestidas con terno que insisten en enviarme mails al Blackberry desde la madrugada. Ya no me joden los saludos forzados y tarjetas institucionales de Navidad. No tengo que pretender nada ni decir nada, eso quedo atrás, así sea solo por solo un ratito. Soy la pasajera de un taxi Remisse y me voy a mi casa en una tarde soleada del segundo día del verano.
Pienso en el cielo, en la vista al parque de mi balcón, en las ardillas que viven en el árbol del frente, en la sonrisa de Christian, en mi casa disfrazada de Navidad desde el 30 de noviembre, en los heladeros de D’onofrio con sus cornetas, en que de repente hago una siesta de después-de-almuerzo acompañada del sol del atardecer y sin darme cuenta, me estremezco de felicidad. La vida es rica, pienso. No importa nada más. Hasta decido perdonar a esta pobre brisa que insiste en quitarme el calor.
Solo por un rato, no tengo ambiciones ni rencores ni miedos. No importa si me voy al MBA, no importa que hace tiempo se me fue la inspiración y tampoco importa saber ya casi de memoria que soy una disconforme crónica. Decido dejar de recriminarme por las cinco últimas comidas que me indigestaron en los últimos cinco días seguidos y de lo apretado que ahora me queda este pantalón. Es jueves, segundo día de verano.
Me gusta ver las calles con colores chillones y árboles y música, con gente comprando como loca y tratando de complacerse mutuamente. Ahora, no me importan las obras sociales, ni la religión, ni los niños, y menos me importa si alguien cree que eso es lo que debo pensar. Veo el árbol del Ovalo de Miraflores al frente de Saga y recuerdo lo mucho que disfruto escogiendo regalos de Navidad.
Mientras me acerco a mi casa, insisto en aferrarme a la felicidad que acabo de disfrutar, pero ahora se vuelve un esfuerzo. Recuerdo que tengo un grito atracado en la garganta hace ya un buen tiempo, y solo ahora me doy cuenta que por eso he aprendido a suspirar.
Me trago el grito y respiro. Me bajo del taxi y la tarde está espectacular. Mañana es Navidad, pienso, y me vuelvo a tragar el grito. Me gusta la Navidad, pienso, y me doy cuenta que esta vez no tanto. Suspiro. Decido no pensar más.