Roo nació sola. Hubo en el entremezclo de sangre y placenta como 6 otros cuerpos calientes. También imágenes borrosas que hacían sonidos ininteligibles. Hubo manos y tetas ajenas. No importa cuantos acudieron. Ella estaba sola. Y lo sabía, incluso antes de tomar ese primer aliento.
Roo creció diferente. Los cuerpos calientes que la rodeaban aprendieron a correr, jugar y mover las colas desde temprano. Esos cuerpos mamaban y luego dormían tranquilos, sin sobresaltos. Esos cuerpos se dejaban acariciar y les gustaba. Aprendieron, en pocos meses, a ser adorables. Ese estado que es más privado que compartido.
Roo no podía disfrutar cuando mamaba porque sabía que luego no habría leche. Roo no podía jugar porque cuando sentía dolor, nunca encontraba consuelo. Roo no podía dejar que la acaricien porque a veces la promesa de caricia era un golpe.
Roo no era adorable. Simplemente no era parte de ese mundo que otros parecían, poco a poco, querer.
Cuando conocí a Roo traía ella como 70 días de miedos, huidas y dolores. Yo le llevaba como 13 mil días de ventaja. El saberse no adorable es lo que más me atrajo de ella. Esos ojos aterrorizados, ese caminar hacia atrás, ese no querer que la toquen. No supe entonces explicar cómo sobrepasó por largo la ternura de los cuerpos que sí querían atención y que regalaban cariño. La cargué, contra su voluntad y a pesar de sus 12 kilos, y me fui con ella. Para siempre, le dije.
Anduvimos juntas en toda situación y lugar una vez que la convencí que en mi podía confiar. Fuimos al mar, donde aprendió a comer olas y ser feliz. Fuimos al bosque, donde por primera vez disfrutó de miles de aromas en una sola olida. Fuimos a restaurantes, parques, tiendas de mascotas, veterinarios, fuentes, citas de juegos. Descubrimos cada uno de ellos juntas. Y lo amamos por igual.
Pero en todas nuestras aventuras, algo nunca cambió. Cada primera vez - y a veces segunda y tercera- el miedo llegaba antes. Sin importar cuanto nos preparáramos, la primera reacción siempre era de espanto. Las hipótesis de maltrato temprano se fueron esfumando mientras Roo se aterraba de un ramo de flores, de un espejo, de unas gotas de lluvia.
Fue solo luego de unos meses de conocernos que decidí que sería su esclava a voluntad. Que le daría lo que ella quisiera sin dudarlo. Que siempre la cuidaría. Que siempre la querría. Que ningún sufrimiento podría tocarla.
Es así cómo le hice canciones, le inventé juegos y aprendí a hablar su idioma. Fue así que aprendió a decírmelo todo que con solo mirarme.
Luego de unos años decidí regalarle a Roo lo mejor que yo había recibido en mi vida: un cuerpo caliente con quien planear nuevas aventuras y descubrir la vida. Así llegó Chapu: El perro de mi perro.
Roo se aterrorizó de su belleza por unos segundos y luego decidió acogerlo. Mientras pasaron las semanas y luego los meses, Roo le enseñó a caminar sin caerse, a jugar, a ladrar y a ser muy considerado conmigo. El perro de mi perro, era, absolutamente adorable desde cualquier y todo ángulo. Y Roo lo amaba.
La existencia de Chapu transformo la vida de Roo, como la vida de Roo transformo la mía. Pero no fue sino cuando mis demonios me alcanzaron al fin que pude explicar porque una primavera lejana, Roo me adoptó sin dudarlo.
Ese perrito rojo, de ojos gigantes y expresivos, que no se sentía cómodo en su propia piel, era la niña inquerible que a propósito olvidé. Roo, fue mi gran intento de redención.
Y mientras transcurren los meses de escalar hacia la superficie desde el más despreciable infierno, me doy cuenta que tuve que amarla primero para poder amarme un poco a mí. No sabemos cuánto falta, pero aquí andamos Roo y yo en el camino de algún día ser, al fin, adorables.