miércoles, 13 de septiembre de 2023

Historia de perros

Roo nació sola. Hubo en el entremezclo de sangre y placenta como 6 otros cuerpos calientes. También imágenes borrosas que hacían sonidos ininteligibles. Hubo manos y tetas ajenas. No importa cuantos acudieron. Ella estaba sola. Y lo sabía, incluso antes de tomar ese primer aliento. 

Roo creció diferente. Los cuerpos calientes que la rodeaban aprendieron a correr, jugar y mover las colas desde temprano. Esos cuerpos mamaban y luego dormían tranquilos, sin sobresaltos. Esos cuerpos se dejaban acariciar y les gustaba. Aprendieron, en pocos meses, a ser adorables. Ese estado que es más privado que compartido. 

Roo no podía disfrutar cuando mamaba porque sabía que luego no habría leche. Roo no podía jugar porque cuando sentía dolor, nunca encontraba consuelo. Roo no podía dejar que la acaricien porque a veces la promesa de caricia era un golpe. 

Roo no era adorable. Simplemente no era parte de ese mundo que otros parecían, poco a poco, querer. 

Cuando conocí a Roo traía ella como 70 días de miedos, huidas y dolores. Yo le llevaba como 13 mil días de ventaja.  El saberse no adorable es lo que más me atrajo de ella. Esos ojos aterrorizados, ese caminar hacia atrás, ese no querer que la toquen. No supe entonces explicar cómo sobrepasó por largo la ternura de los cuerpos que sí querían atención y que regalaban cariño. La cargué, contra su voluntad y a pesar de sus 12 kilos, y me fui con ella. Para siempre, le dije. 

Anduvimos juntas en toda situación y lugar una vez que la convencí que en mi podía confiar. Fuimos al mar, donde aprendió a comer olas y ser feliz. Fuimos al bosque, donde por primera vez disfrutó de miles de aromas en una sola olida. Fuimos a restaurantes, parques, tiendas de mascotas, veterinarios, fuentes, citas de juegos. Descubrimos cada uno de ellos juntas. Y lo amamos por igual. 

Pero en todas nuestras aventuras, algo nunca cambió. Cada primera vez - y a veces segunda y tercera- el miedo llegaba antes. Sin importar cuanto nos preparáramos, la primera reacción siempre era de espanto. Las hipótesis de maltrato temprano se fueron esfumando mientras Roo se aterraba de un ramo de flores, de un espejo, de unas gotas de lluvia. 

Fue solo luego de unos meses de conocernos que decidí que sería su esclava a voluntad. Que le daría lo que ella quisiera sin dudarlo. Que siempre la cuidaría. Que siempre la querría. Que ningún sufrimiento podría tocarla. 

Es así cómo le hice canciones, le inventé juegos y aprendí a hablar su idioma. Fue así que aprendió a decírmelo todo que con solo mirarme. 

Luego de unos años decidí regalarle a Roo lo mejor que yo había recibido en mi vida: un cuerpo caliente con quien planear nuevas aventuras y descubrir la vida. Así llegó Chapu: El perro de mi perro. 

Roo se aterrorizó de su belleza por unos segundos y luego decidió acogerlo. Mientras pasaron las semanas y luego los meses, Roo le enseñó a caminar sin caerse, a jugar, a ladrar y a ser muy considerado conmigo. El perro de mi perro, era, absolutamente adorable desde cualquier y todo ángulo. Y Roo lo amaba. 

La existencia de Chapu transformo la vida de Roo, como la vida de Roo transformo la mía. Pero no fue sino cuando mis demonios me alcanzaron al fin que pude explicar porque una primavera lejana, Roo me adoptó sin dudarlo. 

Ese perrito rojo, de ojos gigantes y expresivos, que no se sentía cómodo en su propia piel, era la niña inquerible que a propósito olvidé. Roo, fue mi gran intento de redención. 

Y mientras transcurren los meses de escalar hacia la superficie desde el más despreciable infierno, me doy cuenta que tuve que amarla primero para poder amarme un poco a mí. No sabemos cuánto falta, pero aquí andamos Roo y yo en el camino de algún día ser, al fin, adorables. 


El marinero del sol

Marinero inocente

Te hiciste a la mar cuando no había corriente

Persiguiendo al horizonte. 


Navegaste tranquilo en la calma

Y el vaivén de las olas y lo tibio del agua

Te invitaron a aventurar mar adentro

Cada vez más lejos de la orilla.


Cuando llegó la primera oleada, te asustaste

Vino acompañada de una corriente fría

Y no sabías si el bote que construiste con tus propias manos

Podría mantenerte a flote


Pero lo hizo.


Así solo ganaste confianza

En tu navegación y en tu nave

Y seguiste temerario, hacia el fin del planeta

Disfrutando del sol y del baile del agua


Llegaron nuevas oleadas, 

Algunas conocidas

Otras inesperadas, impredecibles


Todas aprendiste a atravesarlas

Aunque no sin cicatrices

Y las señales en la madera 

Fueron creando la historia de tu travesía


Cuando viste el primer cardumen

Te entusiasmaste tanto

Que juraste jamás volverías a tierra


Y cuando apareció esa raya águila

Volando dentro del mar

Te convenciste al fin

Que para siempre vivirías en ese lugar


Lo que no sabias 

Era de las corrientes submarinas

Esas que no se ven porque no traen ni olas

Esas que no sabes hacia dónde te llevan

Ni cuando llegan


Esas te hacen perder el rumbo

Al punto que a veces no sabes donde estas

O ni quien eres

Y lo único que quieres es volver a tierra 

Y olvidar para siempre la inmensidad

Que tanto habías aprendido a amar


Marinero valiente

Que luego de surcar torbellinos de agua

Decidió seguir navegando hacia el sol

Con más confianza que antes

Y que con esa decisión constante

se transformó en alquimista

Convirtiendo para siempre

El dolor en amor



--------


El dolor de la insuficiente por no ser perfecta

El dolor de la escasa por no poder darlo todo

El dolor de la perpetua amedrentada que nunca se creyó

Merecer amor

Ni ser feliz


Y un dia al fin dejó de ahogarse en la corriente

Y también pudo ver el horizonte y navegar.



viernes, 17 de marzo de 2023

Cesar Aza

 La segunda lección que aprendí de la muerte fue que la gente muere cuando una la olvida.

No tengo que hacer ningún esfuerzo para no olvidarte

Eres parte de mi

A través de conversaciones sin parar

Libros compartidos

Reflexiones sobre reflexiones.

 

La primera lección que aprendí de la muerte fue que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Y por eso siempre quise agradecerte en vida toda la diferencia que habías hecho en la mía.

Pero hace un año cuando nos dijimos que éramos padre e hija elegidos

Y hace un mes cuando nos tomamos de la mano por minutos sin parar y solo nos miramos

Sé que lo sabias, en el alma, tanto como yo lo sabia

Que eras más que mi padre. Eras mi guía.  

 

La tercera lección que aprendí de la muerte es que hay que honrar la vida que se fue con la vida que se queda.

Aquí tomo la posta de la evolución Cesar Aza. Esa que empezamos cuestionándonos juntos de que se trataba esta vida.