Desde que tengo uso de razón, el cigarro ha sido parte de mi vida. Mi madre y mi padre fueron grandes fumadores y cuando cumplí 16 yo misma decidí empezar a fumar.
Todos los recuerdos de mi niñez están plagados de olor a pucho e hilos ondulantes de humo blanco. Había humo en los cuartos, en las calles, en los autos y vi gente fumar todos los días y en todas las circunstancias. En los ochenta fumar estaba más que permitido, no solo en lugares públicos, sino también en pulmones ajenos, Así, fumé humo de segunda mano de miles de extraños y decenas de conocidos, y detesté cada bocanada.
Pese a que Nubeluz me parecía una pesadilla de fin de semana que nunca terminaba de terminar, con algo de vergüenza debo confesar que el "Papi, papi, papi deja de fumar” fue una de las muchas armas que traté de usar para alejar el humo de mi vida. Claro está, ni la tonta canción ni ningún otro recurso funcionaron y tanto mi padre como mi madre fumaron hasta el día de su muerte.
No sé cómo ni por qué abandoné la promesa de nunca fumar que me hiciera de niña. Entre los 14 y 15 ya había dado algunas pitadas para probar y por ahí había gorreado un pucho y lo había tratado de fumar completo, solo para sentirme grande, interesante. Sin embargo, lo único interesante de esas ocasiones era que no podía "golpear “ y lo que hacía era guardarme el humo en la boca, darle vueltas con la lengua y luego botarlo. Parecía (según yo) casi una estrella de cine, claro que con matices de intelectual.
Luego, a los 16, después de varios ensayos de "Si soy mujer y se fumar, boto el humo después de hablar" y un verano muy agitado, llegué a marzo con una nueva determinación: sería una fumadora, pero de las de verdad. Compré mi primera cajetilla de Marlboro rojo de 20 y de ahí en adelante cambiaron pocas cosas: bajé la intensidad a Light después de una semana, pasé a la cajetilla de diez porque andaba misia, y cambié a Lucky cuando dejaron de traer Marlboro. Fumé y no pude parar.
Los primeros años tuve la ilusión de no estar enganchada. Tan consciente había sido mi decisión de empezar, que en cualquier momento podría parar, si quisiera. Solo que, no quería. Y esto lo creí sinceramente. En términos de economista incomprendida, yo tenía clarísimo que fumar era malo, pero la utilidad que me daba era mayor que el costo. Fumar ya no solo me hacía ver interesante, sino que también me quitaba el hambre, me quitaba el frío, me ayudaba a digerir cualquier comida y lo mejor, me quitaba la soledad y un poco el temor. Fumar podría haber sido dañino para la salud (a fines de los noventa, porque hoy lo es), pero era bueno para mi mente, así que “decidí” no parar.
La primera vez que se me ocurrió que de repente fumar no me hacía más bien que mal, fue en el 2001. Llevaba fumando casi cuatro años y tomando ingentes cantidades de café por más de tres, cuando tuve mi primer ataque de pánico. Dejé de fumar durante casi dos meses hasta que el estrés y la soledad de un terremoto me hicieron regresar. La segunda vez, el intento me valió un año y medio, pero nuevamente algún estrés emocional me hizo volver al compañero incondicional. La tercera vez la gracia duró un par de meses y me costó cerca de cinco kilos (que me dieron la excusa perfecta para tratar de dejar después). En todos estos intentos el común denominador detrás de mi decisión fue la salud: el nerviosismo, la tos persistente, el cansancio, el dolor de pecho, las resacas insufribles y los crecientes episodios de migraña.
Estoy en mi cuarto intento y hoy a la salud, le sumé un nuevo factor: No quiero ser una fumadora.
Un día me vi salir (más de cinco veces) de una reunión donde estaba prohibido fumar y pararme sola en el frío, solo para fumar y poder continuar. Me vi un día desesperada y sin poder irme a mi casa tranquila luego de trabajar, porque no tenía una cajetilla de puchos en la cartera. Un día, me di pena cuando me vi planeando un viaje, donde al imaginarme caminando sin un pucho, pensé que era mejor no viajar. Otro día, me vi en todas-y-cada-una de las fotos de mi reencuentro de ex alumnos con un pucho en la mano y pensé que yo ya no quería ser esa persona.
No fumo hace un año y casi un mes, pero fumé desde que nací y me cuesta cada día no hacerlo. No sé si algún día logre dejar de ver el mundo como una fumadora y deje de extrañar el pucho. Algunos ex fumadores me dicen que eso nunca pasará, pero creo que vale la pena intentarlo.
martes, 26 de enero de 2010
viernes, 22 de enero de 2010
Del mismo material
Tomando prestado un recurso común: Te quiero tanto que duele.
Eres mi tercer amor, pero sin duda, el más persistente. Te conozco desde antes que naciéramos, cuando eras un angelito, y ni tú ni yo teníamos idea de que la vida se podía poner muy complicada algunas veces (sí, así no lo creas, desde antes de nacer nos elegimos y por mi lado, debes saber que si vienen mil nuevas vidas, te elegiría en cada una).
Hemos compartido los mismos afectos, nuestros ojos han visto los mismos lugares, nos hemos reído de las mismas bromas y nuestras mentes prefieren olvidar (seguramente) las mismas cosas.
Estamos hechos del mismo material y, por eso, los dos somos grandes adictos al tabaco, preferimos la soledad, tenemos el mismo pelo y nos da flojera casi todo.
Por eso, a veces, la vida nos da miedo.
Debe ser porque nos parecemos tanto, que nos hemos pasado más de la mitad de nuestro tiempo en la tierra peleando; y te he odiado tantas veces, que ya no las puedo contar. Si fueras cualquier otro, seguro que hace tiempo te habría puesto en mi caja de personas que prefiero olvidar (solo por la pura flojera de no pelear más). Pero antes de nacer te prometí que te querría siempre, y créeme: Siempre te voy a querer.
Sin embargo, Nunca imaginé que querer(TE) podría doler(ME) tanto. Seguro algún día entenderé que somos dos individuos (parecidos pero) diferentes y que tu (igual que yo) vas a encontrar tu camino, a tu manera. Mi controlismo contigo, sin embargo, por ahora, es incontrolable.
Hay tantas cosas que me gustaría que aprendas sin tener que sufrirlas, pero como yo, eres terco y eliges ver para creer. Mientras tanto yo no puedo hacer más que mirarTE y desear para ti.
Deseo:
Que elijas ser feliz.
Que elijas ser honesto.
Que elijas ser leal.
Que elijas ser hacedor de tu destino
Que elijas amar de verdad
Que elijas reconocerte
Que elijas no tener miedo
Que elijas quererte, aunque sea solo la mitad de lo que yo te quiero.
Eres mi tercer amor, pero sin duda, el más persistente. Te conozco desde antes que naciéramos, cuando eras un angelito, y ni tú ni yo teníamos idea de que la vida se podía poner muy complicada algunas veces (sí, así no lo creas, desde antes de nacer nos elegimos y por mi lado, debes saber que si vienen mil nuevas vidas, te elegiría en cada una).
Hemos compartido los mismos afectos, nuestros ojos han visto los mismos lugares, nos hemos reído de las mismas bromas y nuestras mentes prefieren olvidar (seguramente) las mismas cosas.
Estamos hechos del mismo material y, por eso, los dos somos grandes adictos al tabaco, preferimos la soledad, tenemos el mismo pelo y nos da flojera casi todo.
Por eso, a veces, la vida nos da miedo.
Debe ser porque nos parecemos tanto, que nos hemos pasado más de la mitad de nuestro tiempo en la tierra peleando; y te he odiado tantas veces, que ya no las puedo contar. Si fueras cualquier otro, seguro que hace tiempo te habría puesto en mi caja de personas que prefiero olvidar (solo por la pura flojera de no pelear más). Pero antes de nacer te prometí que te querría siempre, y créeme: Siempre te voy a querer.
Sin embargo, Nunca imaginé que querer(TE) podría doler(ME) tanto. Seguro algún día entenderé que somos dos individuos (parecidos pero) diferentes y que tu (igual que yo) vas a encontrar tu camino, a tu manera. Mi controlismo contigo, sin embargo, por ahora, es incontrolable.
Hay tantas cosas que me gustaría que aprendas sin tener que sufrirlas, pero como yo, eres terco y eliges ver para creer. Mientras tanto yo no puedo hacer más que mirarTE y desear para ti.
Deseo:
Que elijas ser feliz.
Que elijas ser honesto.
Que elijas ser leal.
Que elijas ser hacedor de tu destino
Que elijas amar de verdad
Que elijas reconocerte
Que elijas no tener miedo
Que elijas quererte, aunque sea solo la mitad de lo que yo te quiero.
martes, 19 de enero de 2010
Con-formándome
En algún punto de mi vida me convencí de que si algo no me gustaba, yo tenía que cambiarlo. O al menos tratar.
No me acuerdo si alguien me lo dijo, si saqué la idea de algún libro o, si por alguna falla de mi razonamiento, equivoqué esta conclusión (en realidad lo más probable es que mi madre me lo inculcara antes de que yo pudiera decidir si la idea me gustaba o no). Sin embargo, sí recuerdo claramente la primera vez que tomé consciencia de este principio. Fue el mismo día que descubrí que mis verdades universales eran más bien muy locales.
Tenía 16. Estaba en cuarto de media y mi promoción del colegio había pasado semanas preparándose para un concurso. Llegado el día, luego de un aplaudido desempeño, nos había quedado claro que éramos los indiscutibles ganadores. Grande fue la sorpresa cuando horas después, nos enteramos de que lo único que habíamos ganado era un miserable segundo lugar. A todas luces la decisión había sido injusta (para nosotros, los perdedores) y por lo tanto, había que armar un plan de acción para remediar la situación: Enviar una carta al Director, hablar con la Junta Directiva, mandar un fax a la Asociación de Padres de Familia, presentar una queja formal ante el Ministerio de Educación y, si era necesario, llamar a la policía. Se había cometido una injusticia y para que el mundo tuviera sentido otra vez, alguien tenía que remediarla!
Estaba yo en medio de estas reflexiones, tratando de azuzar a un par de incautas, cuando fui interrumpida por una cachetada de triste realidad: "hijitas, para qué se hacen problemas, las cosas son como son, suficiente con que ustedes sepan que lo hicieron bien, déjense de tonterías y ya vamos a la casa". Era la mamá de una de mis mejores amigas. La mujer que en un segundo pasó de ser mi tía a ser mi casi nadie, alguien con quien nunca más tendría algo en común (pensé). Ella vivía fatigada antes de iniciar la batalla, yo (pensándolo de manera consciente por primera vez), JAMAS, me rendiría sin pelear. Yo no. Yo nunca.
Me programé de inmediato, me convencí en un instante: YO NUNCA ME CONFORMARIA.
Desde el día que tomé tamaña determinación han pasado ya más de doce años y tratar de aplicar este principio me ha deshidratado más de una vez, por decir lo menos. Creo que uno de los mejores ejemplos de esto es también el más absurdo. Hace un par de años, me acababa de mudar y siendo aún joven e ingenua, traté de transferir mi número de teléfono fijo de Telefónica del Perú. Para hacer la historia corta, cuatro meses después de instalada en mi nueva residencia, no tenía línea telefónica, había acumulado cuatro recibos por esta línea inexistente y había desperdiciado alrededor de 30 horas de mi vida tratando de obtener una respuesta lógica de Telefónica. Para alguien que haya tenido que lidiar con esa empresa o alguna de sus relacionadas, sabrá que no exagero cuando digo que un día, mientras trataba de explicar mi caso por centésima vez, llegué a llorar de rabia con la operadora en el teléfono.
Tuve varios casos como el de Telefónica, peleas absurdas con interlocutores imposibles, entre los que probablemente se encuentran todos los bancos del Perú con sus respectivas áreas de servicio de atención al cliente. Cada mal servicio, cada promesa incumplida, cada publicidad engañosa, yo tenía que solucionarlos. Tenía que hacerles ver su error, que lo reconocieran, que lo resarcieran y que además, pagaran mi costo de oportunidad por el tiempo perdido en el teléfono con ellos. De todas estas batallas ridículas, el 90% solo sirvió para empeorar mi gastritis y hacerme fumar una buena decena de cajetillas de cigarros de más, el 5% fueron triunfos que no me dieron más que una alegría pasajera de media hora y el 5% restante terminaron siendo anécdotas graciosas gracias a un par de testigos que tuvieron a bien disfrutarme, hasta cuando repetía mi nombre completo, fecha de nacimiento y dirección cuatro veces en un día, solo para probarle a alguna operadora que yo era yo.
Otros casos igual de menores en importancia, pero repetitivos a lo largo de mi historia reciente, incluyen discusiones (que trataron de ser asertivas) con más de una decena de personas abiertamente racistas u homofóbicas, cerradamente religiosas o simplemente indiferentes. La mayoría de enemistades y fracasos que cuento aquí incluyen a quiénes me referiré como fanáticos religiosos que, no gracias a mis argumentos dejarán de creer que los homosexuales no tienen alma y los no cristianos no tienen salvación. También están los que ya no dicen “cholo”… delante de mí.
Luego de doce años de tratar de no conformarme de manera consciente, las anécdotas absurdas han sido sin duda mi menor costo y me han servido para sacar un nuevo principio: Elige tus batallas. Es posible que ese haya sido el mensaje que la mamá de mi amiga de 16 años quisiera transmitirme ese día de 1997.
No me acuerdo si alguien me lo dijo, si saqué la idea de algún libro o, si por alguna falla de mi razonamiento, equivoqué esta conclusión (en realidad lo más probable es que mi madre me lo inculcara antes de que yo pudiera decidir si la idea me gustaba o no). Sin embargo, sí recuerdo claramente la primera vez que tomé consciencia de este principio. Fue el mismo día que descubrí que mis verdades universales eran más bien muy locales.
Tenía 16. Estaba en cuarto de media y mi promoción del colegio había pasado semanas preparándose para un concurso. Llegado el día, luego de un aplaudido desempeño, nos había quedado claro que éramos los indiscutibles ganadores. Grande fue la sorpresa cuando horas después, nos enteramos de que lo único que habíamos ganado era un miserable segundo lugar. A todas luces la decisión había sido injusta (para nosotros, los perdedores) y por lo tanto, había que armar un plan de acción para remediar la situación: Enviar una carta al Director, hablar con la Junta Directiva, mandar un fax a la Asociación de Padres de Familia, presentar una queja formal ante el Ministerio de Educación y, si era necesario, llamar a la policía. Se había cometido una injusticia y para que el mundo tuviera sentido otra vez, alguien tenía que remediarla!
Estaba yo en medio de estas reflexiones, tratando de azuzar a un par de incautas, cuando fui interrumpida por una cachetada de triste realidad: "hijitas, para qué se hacen problemas, las cosas son como son, suficiente con que ustedes sepan que lo hicieron bien, déjense de tonterías y ya vamos a la casa". Era la mamá de una de mis mejores amigas. La mujer que en un segundo pasó de ser mi tía a ser mi casi nadie, alguien con quien nunca más tendría algo en común (pensé). Ella vivía fatigada antes de iniciar la batalla, yo (pensándolo de manera consciente por primera vez), JAMAS, me rendiría sin pelear. Yo no. Yo nunca.
Me programé de inmediato, me convencí en un instante: YO NUNCA ME CONFORMARIA.
Desde el día que tomé tamaña determinación han pasado ya más de doce años y tratar de aplicar este principio me ha deshidratado más de una vez, por decir lo menos. Creo que uno de los mejores ejemplos de esto es también el más absurdo. Hace un par de años, me acababa de mudar y siendo aún joven e ingenua, traté de transferir mi número de teléfono fijo de Telefónica del Perú. Para hacer la historia corta, cuatro meses después de instalada en mi nueva residencia, no tenía línea telefónica, había acumulado cuatro recibos por esta línea inexistente y había desperdiciado alrededor de 30 horas de mi vida tratando de obtener una respuesta lógica de Telefónica. Para alguien que haya tenido que lidiar con esa empresa o alguna de sus relacionadas, sabrá que no exagero cuando digo que un día, mientras trataba de explicar mi caso por centésima vez, llegué a llorar de rabia con la operadora en el teléfono.
Tuve varios casos como el de Telefónica, peleas absurdas con interlocutores imposibles, entre los que probablemente se encuentran todos los bancos del Perú con sus respectivas áreas de servicio de atención al cliente. Cada mal servicio, cada promesa incumplida, cada publicidad engañosa, yo tenía que solucionarlos. Tenía que hacerles ver su error, que lo reconocieran, que lo resarcieran y que además, pagaran mi costo de oportunidad por el tiempo perdido en el teléfono con ellos. De todas estas batallas ridículas, el 90% solo sirvió para empeorar mi gastritis y hacerme fumar una buena decena de cajetillas de cigarros de más, el 5% fueron triunfos que no me dieron más que una alegría pasajera de media hora y el 5% restante terminaron siendo anécdotas graciosas gracias a un par de testigos que tuvieron a bien disfrutarme, hasta cuando repetía mi nombre completo, fecha de nacimiento y dirección cuatro veces en un día, solo para probarle a alguna operadora que yo era yo.
Otros casos igual de menores en importancia, pero repetitivos a lo largo de mi historia reciente, incluyen discusiones (que trataron de ser asertivas) con más de una decena de personas abiertamente racistas u homofóbicas, cerradamente religiosas o simplemente indiferentes. La mayoría de enemistades y fracasos que cuento aquí incluyen a quiénes me referiré como fanáticos religiosos que, no gracias a mis argumentos dejarán de creer que los homosexuales no tienen alma y los no cristianos no tienen salvación. También están los que ya no dicen “cholo”… delante de mí.
Luego de doce años de tratar de no conformarme de manera consciente, las anécdotas absurdas han sido sin duda mi menor costo y me han servido para sacar un nuevo principio: Elige tus batallas. Es posible que ese haya sido el mensaje que la mamá de mi amiga de 16 años quisiera transmitirme ese día de 1997.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)