Hace dos años Joaquín tenía nueve. Lo conocí una tarde iluminada, en otra vida.
El mes exacto no lo recuerdo, pero me parece que fue primavera porque Joaquín llego a mi oficina con sandalias y yo andaba con el humor de cuando sé que se acerca el verano en Lima.
Todavía puedo ver con claridad y nostalgia el color de la oficina cuando tocaron la puerta, recuerdo la silueta de “S” de Joaquín entrando negra contra el sol. Recuerdo su voz tan sincera y su discurso tan ensayado. Recuerdo la tristeza que quedó cuando salió.
Yo me había pasado todo el día trabajando algún informe y criticando las pocas noticias locas (pocas en ese tiempo) que encontraba en El Comercio en mis momentos de ocio. Ese día, como otros, había estado salpicado de las bromas más necias, las risas más incomprensibles y seguramente un paso de baile o dos. Eran tiempos felices y para confirmarlo, de vez en cuando se usaban sombreros de la felicidad para trabajar con inspiración. Los sombreros venían de algún matri reciente y la inspiración usualmente no entraba hasta avanzada la tarde.
Joaquín llegó en la mitad de alguna conversación muy tonta y de sonrisas que no tenían nada que ver con él. Sus primeras palabras, que formaron una frase con poco sentido, no hicieron más que exacerbar las ganas de soltar una buena carcajada: "Buenos días (en la mitad de la tarde) he venido a que me vendan (el vendedor era el) unos lapiceros para mi amigo Carlitos". Joaquín quería vender lapiceros y una vez tragadas algunas bocanadas de seriedad ante lo que pensé se venía, me animé a preguntar por qué.
Joaquín de nueve años explicó de memoria cómo su amigo Carlitos, que estudiaba con él en el colegio, había sido diagnosticado de cáncer, cómo los tratamientos eran caros y complejos y cómo en su clase se les había ocurrido vender lapiceros para ayudar a la familia a recaudar plata. Mientras Joaquín explicaba y nosotros preguntábamos, el ambiente oscurecía de a pocos y yo empecé a temer el momento en que las preguntas obvias acabaran. Cómo cerrar una conversación como esa? Qué decirle a Joaquín con su short apretado, su voz de pito y su alma inocente? No había mucho que decir: Joaquín había andado toda la cuadra, de casa en casa, tratando de vender lapiceros de colores brillantes que tenían el nombre de Carlitos estampado. Joaquín sabía que tenía que ayudar y ayudaba. Joaquín esperaba que el resultado fuera positivo. No había nada que decir. La idea de Joaquín era genial. Yo también vendería lapiceros porque no se podía dejar morir a Carlitos por falta de plata y seguro que cuanto más lapiceros vendiéramos, más rápido se curaría Carlitos!
Le pedí a Joaquín que me dejara la caja que tenía consigo y que me trajera otra después. En ese momento mis ganas de que el mundo fuera justo y de que Carlitos, también de nueve años e hijo único, no muriera tomaron la forma de cajas de lapiceros.
Amarillo fosforescente, morado, naranja, rojo y azul se vendieron como pan caliente. Nadie dejó de conmoverse con la historia de Carlitos, el niño que nadie conocía. En esos días, me asombraba y regocijaba pensando en cómo sí se puede cambiar un pedacito del mundo por una buena causa, en cómo Carlitos se curaría porque un montón de gente tuvo muchas ganas de que lo hiciera. Esto sería una excelente manera de comprobar muchas teorías que yo tenía dando vueltas en la cabeza desde hace tiempo. Todo estaba saliendo perfecto.
Pero un día Joaquín volvió a la oficina. Seguía usando las mismas sandalias. La ropa era diferente, aunque todavía parecía que reventaría si él respiraba muy fuerte. Esta vez Joaquín no venía con la cara de quien espera ni con los nervios que lo hicieron tambalear la primera vez. Carlitos había muerto y él (Joaquín) solo quería agradecer la ayuda que le habíamos dado. Pese a la fe y la solidaridad y la esperanza, Carlitos había muerto a los nueve años de un cáncer que ya no me acuerdo.
Joaquín explicó que no se pudo hacer mucho y contó la historia brevemente. Estaba triste y una vez más no había mucho que decir. Solté algún discurso creado y aprendido por mi misma sobre cómo la gente que queremos nunca muere sino que sigue viva dentro de nosotros. Un par de menciones sobre cómo Carlitos era ahora un ángel que cuidaba a sus papás y sus amigos. Muchos deseos de que estuviera en un lugar mejor y fuera mucho más feliz de lo que había sido en la tierra... Eso era todo Joaquín, tengo ganas de llorar y me volteo para que no me veas. De verdad espero que creas que todo va a estar bien.
Esa fue la última vez que vi a Joaquín. No deja de conmoverme su ternura cada vez que pienso en él y en sus ganas de salvar a su amigo Carlitos. De ellos y su inocencia me quedan dos lapiceros, uno morado y uno naranja, que cuido con ridículo celo. Me gusta pensar que son mis lapiceros de la suerte y absurdamente (como la primera vez), espero que no se acaben solo porque no quiero.