Las semanas se han vuelto días y los meses ni los ví pasar. Es Noviembre 16, casi 17, y se me hace irreal estar a miles de kms de Lima, viviendo en un piso 24 y soportando vientos helados que te parten la cara, pero no la voluntad.
Soy estudiante otra vez. Me encanta. Debo ser una de las pocas personas en un MBA que disfruta no tener carro, vivir con el presupuesto ajustado, limpiar la casa y cargar una mochila gigante para todas partes. De alguna manera las restricciones evidentes me dan más grados de libertad que las asolapadas.
Mis semanas ahora solo tienen tres días útiles, lo que paradójicamente no hace que los fines de semana sean más largos, sino que simplemente no existan. Admito que vivo más cansada que cuando trabajaba 70 horas a la semana, pero el cansancio voluntario se disfruta y se quita fácil con una chela cuando uno puede entrar a un bar a las siete de la noche en zapatillas y solo preocuparse de pasarla bien.
Otra vez soy dueña de mi tiempo y, sin intentarlo, recuperé las ganas, la risa y el asombro. Sólo ayer me ví caminando sobre las hojas de colores hacia la estación del tren y me di cuenta de que la vida se sentía nueva otra vez, que los días dejaron de ser espera y se convirtieron en promesa. Debe ser por eso que ni mi mochila, que es potencialmente más grande que yo, se siente pesada.
Por primera vez puedo decir con orgullo que soy capaz de cocinar y que es más rico cocinar rico que comer rico. Es posible que esto sea puramente un sesgo de percepción generado por la necesidad desesperada de evitar las pizzas Chicago Style (entiéndase una torta de pizza). Tristemente esa hipotesis solo podrá ser comprobada cuando vuelva a Perú, el paraiso culinario del mundo, donde subiré voluntariamente y con gusto cinco kilos en diez días este Diciembre.
Ahora que Lima está cerca me doy cuenta de cuánto la extraño, pero también de cuánto disfruto haber huído de su caos, su indiferencia, sus calles peligrosas y, principalmente, sus poses.
Escuchando Radiomar Plus y viendo la sonrisa más perfecta del mundo frente a mí, ideo este post inspirado en el reto de escribir sin tristeza.
Eh aquí el primer post desde Chicago, un post que escribo siendo abierta y absolutamente feliz.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
Con alivio y sin sentido
Hoy amanecí como ayer y ayer, como hace dos viernes
espero que el próximo viernes no sea el mismo que hoy
porque es locura pura repetirme y esperar un resultado diferente
.
Mis sueños decidieron adelantarse a mi vida por varias noches seguidas
luego de la cuarta vez, me asustaron y ya no quiero sonar
pero si ni estando despierta puedo controlar mi vida,
qué esperanza idiota querer controlarla dormida
.
No soporto las mentiras. Hace años me convencí
en Mayo me llovieron mentiras, y gracias a lo bien que me había auto-adoctrinado
dejé que me invadan, me desgarren
Pero en Junio reaprendí: capacidad de mentir no es lo mismo que capacidad de dañar...
Espero. Inocente, optimista e incomprensiblemente
.
Confirmo por dos años ininterrumpidos
que trabajar solo por plata es una genuina estupidez
me reconfirmo una idealista de manera consciente
y me digo en voz alta que quiero (espero) trabajar por pasión, por convicción
.
Mi panza es disfuncional, me dijeron antes-de-ayer
disfuncional también…, pensé
disfuncional también????, rieron
Sí, disfuncional, incluida mi panza.
espero que el próximo viernes no sea el mismo que hoy
porque es locura pura repetirme y esperar un resultado diferente
.
Mis sueños decidieron adelantarse a mi vida por varias noches seguidas
luego de la cuarta vez, me asustaron y ya no quiero sonar
pero si ni estando despierta puedo controlar mi vida,
qué esperanza idiota querer controlarla dormida
.
No soporto las mentiras. Hace años me convencí
en Mayo me llovieron mentiras, y gracias a lo bien que me había auto-adoctrinado
dejé que me invadan, me desgarren
Pero en Junio reaprendí: capacidad de mentir no es lo mismo que capacidad de dañar...
Espero. Inocente, optimista e incomprensiblemente
.
Confirmo por dos años ininterrumpidos
que trabajar solo por plata es una genuina estupidez
me reconfirmo una idealista de manera consciente
y me digo en voz alta que quiero (espero) trabajar por pasión, por convicción
.
Mi panza es disfuncional, me dijeron antes-de-ayer
disfuncional también…, pensé
disfuncional también????, rieron
Sí, disfuncional, incluida mi panza.
domingo, 6 de marzo de 2011
Paulino
1
Paulino se levanta antes que el sol. Hace unos años que se ha acostumbrado a abrir los ojos cuando aun es de noche y ya hoy no le jode. De domingo a domingo, de lunes a lunes, de martes a martes, se despierta con el sonido de gorriones, se lava la cara, se seca una tasa de “quaker” y se va a trabajar. Muy atrás han quedado sus poco años de juventud, ese tiempo cuando no había responsabilidades ni futuros, cuando fue libre. La vida de adolescente no le quiso durar mucho y era ahora un recuerdo muy lejano y borroso. Tuvo que mudarse, tuvo que estar solo, tuvo que trabajar, tuvo que llorar, tuvo que humillarse, tuvo que tener miedo, tuvo que bajar la mirada...hasta que tuvo que decidir: tenía que empezar a ser un hombre. Y un hombre no llora ni se queja. Los hombres concretan, proveen y aguantan. Sí, el se volvió un hombre hace tres años y dentro de dos semanas cumpliría 18. Estaba orgulloso. Y si su tata lo pudiera ver, seguro también estaría orgulloso de él.
2
El viaje en el micro hacia el mercado siempre es largo y aburrido. Felizmente su MP3 todavía suena, piensa Paulino. El MP3 se lo regaló Fermín en Navidad hace más de dos años y Paulino nunca le cambió la música, porque siempre creyó que era parte del regalo también. Nadie le había regalado nada hasta que llegó Fermín con un sobre hecho de papel que decía “Feliz Cumpleaños” en Diciembre, cuando no era su cumpleaños. Esa Navidad le enseñaron que se comía pavo y se tomaba chocolate caliente aunque hiciera calor. Sonríe Paulino. Extrañaba a Fermín y a las niñas. Cómo lo habían querido tanto sin conocerlo! Cómo los había querido tanto él! Se acordarían todavía de él? Seguramente esta Navidad los podía visitar. Esta sí.
3.
Paulino llega al mercado a las seis de la mañana sin saber bien que día es. Todos los días se ven iguales en Lima y el invierno es duro y de un solo color, Lima es de un solo color. Hace un frío que se te mete a los huesos sin importar cuanto te abrigues y el cielo siempre está obscuro, medio plomo, como las ratas que caminan y vuelan por toda la ciudad. Nada parecido a su pueblo. Mientras camina hacia su puesto de mercado se da cuenta de que algo ha cambiado. No hay nadie en los otros puestos, todo está cerrado, no hay movimiento, no hay gente. Pasa por el puesto de Angelita, la de los jugos. No hay nadie. Busca con la mirada el puesto de Norma, su prima. Nadie. Sigue caminando y llega a su propio puesto cuando escucha una voz que grita. Decide seguir la voz y sigue caminando. Llega al otro lado del mercado, donde se cuadran los camiones a descargar y se da cuenta de que hoy no hay camiones, solo hay gente. Todo el mercado está reunido ahí y Maicol, el presidente de la asociación, está hablando con un megáfono: Hoy viene la Municipalidad. Los quieren desalojar. Dicen que el mercado no es de ellos, que la tierra no es de ellos y que se tienen que ir. Paulino busca con la mirada a Angelita y la encuentra: está llorando, pero con rabia.
4.
Cómo van a decir que el mercado no es de nosotros? Si trabajamos acá hace dos años, de sol a sol, todos los días hemos venido a vender acá. Hemos construido todo donde había solo tierra y basura. Acaso la tierra no es de quien la trabaja? Así no era en el pueblo? De quien va a ser sino, si no había nadie acá ni nadie se ha quejado antes? Le grita confundido Paulino a Norma, mientras ella empaqueta sus cosas para mandarlas a la casa en un taxi y luego rompe una mesa para tener algunos palos de madera.
5.
A las nueve de la noche me llama el abuelo de las niñas. Necesita un favor. Me acordaba yo de Paulino? No. No importa, necesita que lo vaya a ver mañana, que le lleve algo de plata, que está en un hospital, ha tenido un accidente.
Quien es Paulino? Trato de recordar. Por la tienda pasaron más de una docena de ayudantes y yo nunca estaba en la tienda. Cómo es su cara? Soy de lo peor por no acordarme... Pero… si ni siquiera sé quién es, porque diablos tengo que ir hasta un hospital que queda en el fin del mundo? Acaso no hay alguien más que lo pueda ir a ver, no tiene familia?, Acaso no saben que tengo cosas mucho más importantes que hacer? Estudio economía y mañana tengo una práctica. Qué falta de consideración quererme mandar a un tal “Bravo Chico” a llevarle plata a alguien de quien ni me acuerdo.
6.
Es la una de la tarde y me he demorado casi dos horas en llegar a este hospital. He pasado por distritos que no sabía que existían y he confirmado una vez más que Lima es genuinamente horrible y tenebrosa cuando quiere serlo. Me da miedo bajar de la combi. El hospital parece más bien un cementerio gigante de color verde gastado. Es horrendo y la gente que sale y entra de él se ve peor aún. Debe tener doscientos años, pienso. Me doy cuenta que a estas alturas ya no tiene sentido regresar sin entrar, así que tomo valor y grito que me bajo en la esquina.
El hospital tiene tierra donde debe haber pasto, tiene pisos con cuadrados gigantes y todo huele mal. Me dicen que Paulino esta en el pabellón de traumatología, que siga de frente nomás. Llego al pabellón y trato de no mirar. Debe haber unas 50 camas y toda la gente tiene vendas o yesos de algún tipo. Todos se ven mal. No quiero ver sangre, no quiero mirar. Las caras son tristes y adoloridas. No quiero mirar, pero tengo que hacerlo para buscar al tal Paulino, alguna cara que me resulte familiar… Camino hasta la mitad del pabellón y lo reconozco. Claro! El era Paulino!, sí, sí, era buena gente. Sonríe al verme. Me había visto desde que entré. Está solo en su cama y tiene una venda gigante en el brazo y algunas heridas en la cara.
7.
Hola Paulino! Te acuerdas de mí? Seguro no mucho. Me llamó mi tío, me dijo que tuviste un accidente. Paulino no para de sonreír. Claro que me recuerda, soy “la señorita”. Sí, tuvo un accidente, pero después hablaríamos de eso. Paulino quiere saber cómo está mi tío, como están las niñas, como está Fermín, desde cuando estoy en Lima. Yo no puedo evitar ver la venda de su brazo, tiene sangre y sobresalen solo tres dedos. Paro sus preguntas en seco. Todos están bien Paulino, pero qué te ha pasado? Cómo te sientes? Él me cuenta del mercado, de cómo les dijeron invasores, de cómo los trataron de desalojar y ellos se defendieron, de cómo de casualidad le cayó una bomba lacrimógena que le reventó en la mano, de cómo había perdido dos dedos luchando por su puesto de mercado, de cómo se sentía tan feliz de que hubiera venido a verlo, de cómo quería volver a la tienda esta Navidad. Lo detengo una vez más. Paulino: lo que te ha pasado es grave. Dime que necesitas! Dime qué puedo hacer por ti! (déjame salvarte Paulino por favor, a ver si se me pasa el remordimiento de no haber querido venir a verte), cuánta plata necesitas?, tenemos que buscar un médico fuera de este hospital que te pueda reconstruir la mano! (lo voy a pagar yo misma si es necesario, así me quede sin plata por el resto del año). Paulino me mira con su cara de ángel. Parece no importarle nada de lo que digo. Él no necesita mi ayuda y seguro se va a ofender si le vuelvo a mostrar los doscientos soles que tengo en la mano. Paulino no quiere plata, solo quiere una visita y conversar de mi familia. Paulino quiere saber si las niñas piensan en él, si han encontrado alguien bueno para que las cuide. Quiere saber si lo recibiremos en Navidad si es que logra viajar. Me quedo con él, conversando por media hora, al lado de su cama que huele a hospital del Minsa y junto a su sonrisa sincera y grande. Salgo del Bravo Chico con doscientos soles en el bolsillo y la certeza de que los ángeles en la tierra existen. Yo no pude ayudar a Paulino. Él me ayudó a mí.
8.
No volví a ver a Paulino nunca más. No recuerdo su nombre real ni sé lo que hace luego de que perdió su puesto del mercado y sus dos dedos. Espero que los años no le hayan quitado la inocencia, el amor y la sonrisa. Sé que a mí no me han quitado las ganas de recordar lo que es importante.
9.
Paulino fue un ángel que conocí.
Paulino se levanta antes que el sol. Hace unos años que se ha acostumbrado a abrir los ojos cuando aun es de noche y ya hoy no le jode. De domingo a domingo, de lunes a lunes, de martes a martes, se despierta con el sonido de gorriones, se lava la cara, se seca una tasa de “quaker” y se va a trabajar. Muy atrás han quedado sus poco años de juventud, ese tiempo cuando no había responsabilidades ni futuros, cuando fue libre. La vida de adolescente no le quiso durar mucho y era ahora un recuerdo muy lejano y borroso. Tuvo que mudarse, tuvo que estar solo, tuvo que trabajar, tuvo que llorar, tuvo que humillarse, tuvo que tener miedo, tuvo que bajar la mirada...hasta que tuvo que decidir: tenía que empezar a ser un hombre. Y un hombre no llora ni se queja. Los hombres concretan, proveen y aguantan. Sí, el se volvió un hombre hace tres años y dentro de dos semanas cumpliría 18. Estaba orgulloso. Y si su tata lo pudiera ver, seguro también estaría orgulloso de él.
2
El viaje en el micro hacia el mercado siempre es largo y aburrido. Felizmente su MP3 todavía suena, piensa Paulino. El MP3 se lo regaló Fermín en Navidad hace más de dos años y Paulino nunca le cambió la música, porque siempre creyó que era parte del regalo también. Nadie le había regalado nada hasta que llegó Fermín con un sobre hecho de papel que decía “Feliz Cumpleaños” en Diciembre, cuando no era su cumpleaños. Esa Navidad le enseñaron que se comía pavo y se tomaba chocolate caliente aunque hiciera calor. Sonríe Paulino. Extrañaba a Fermín y a las niñas. Cómo lo habían querido tanto sin conocerlo! Cómo los había querido tanto él! Se acordarían todavía de él? Seguramente esta Navidad los podía visitar. Esta sí.
3.
Paulino llega al mercado a las seis de la mañana sin saber bien que día es. Todos los días se ven iguales en Lima y el invierno es duro y de un solo color, Lima es de un solo color. Hace un frío que se te mete a los huesos sin importar cuanto te abrigues y el cielo siempre está obscuro, medio plomo, como las ratas que caminan y vuelan por toda la ciudad. Nada parecido a su pueblo. Mientras camina hacia su puesto de mercado se da cuenta de que algo ha cambiado. No hay nadie en los otros puestos, todo está cerrado, no hay movimiento, no hay gente. Pasa por el puesto de Angelita, la de los jugos. No hay nadie. Busca con la mirada el puesto de Norma, su prima. Nadie. Sigue caminando y llega a su propio puesto cuando escucha una voz que grita. Decide seguir la voz y sigue caminando. Llega al otro lado del mercado, donde se cuadran los camiones a descargar y se da cuenta de que hoy no hay camiones, solo hay gente. Todo el mercado está reunido ahí y Maicol, el presidente de la asociación, está hablando con un megáfono: Hoy viene la Municipalidad. Los quieren desalojar. Dicen que el mercado no es de ellos, que la tierra no es de ellos y que se tienen que ir. Paulino busca con la mirada a Angelita y la encuentra: está llorando, pero con rabia.
4.
Cómo van a decir que el mercado no es de nosotros? Si trabajamos acá hace dos años, de sol a sol, todos los días hemos venido a vender acá. Hemos construido todo donde había solo tierra y basura. Acaso la tierra no es de quien la trabaja? Así no era en el pueblo? De quien va a ser sino, si no había nadie acá ni nadie se ha quejado antes? Le grita confundido Paulino a Norma, mientras ella empaqueta sus cosas para mandarlas a la casa en un taxi y luego rompe una mesa para tener algunos palos de madera.
5.
A las nueve de la noche me llama el abuelo de las niñas. Necesita un favor. Me acordaba yo de Paulino? No. No importa, necesita que lo vaya a ver mañana, que le lleve algo de plata, que está en un hospital, ha tenido un accidente.
Quien es Paulino? Trato de recordar. Por la tienda pasaron más de una docena de ayudantes y yo nunca estaba en la tienda. Cómo es su cara? Soy de lo peor por no acordarme... Pero… si ni siquiera sé quién es, porque diablos tengo que ir hasta un hospital que queda en el fin del mundo? Acaso no hay alguien más que lo pueda ir a ver, no tiene familia?, Acaso no saben que tengo cosas mucho más importantes que hacer? Estudio economía y mañana tengo una práctica. Qué falta de consideración quererme mandar a un tal “Bravo Chico” a llevarle plata a alguien de quien ni me acuerdo.
6.
Es la una de la tarde y me he demorado casi dos horas en llegar a este hospital. He pasado por distritos que no sabía que existían y he confirmado una vez más que Lima es genuinamente horrible y tenebrosa cuando quiere serlo. Me da miedo bajar de la combi. El hospital parece más bien un cementerio gigante de color verde gastado. Es horrendo y la gente que sale y entra de él se ve peor aún. Debe tener doscientos años, pienso. Me doy cuenta que a estas alturas ya no tiene sentido regresar sin entrar, así que tomo valor y grito que me bajo en la esquina.
El hospital tiene tierra donde debe haber pasto, tiene pisos con cuadrados gigantes y todo huele mal. Me dicen que Paulino esta en el pabellón de traumatología, que siga de frente nomás. Llego al pabellón y trato de no mirar. Debe haber unas 50 camas y toda la gente tiene vendas o yesos de algún tipo. Todos se ven mal. No quiero ver sangre, no quiero mirar. Las caras son tristes y adoloridas. No quiero mirar, pero tengo que hacerlo para buscar al tal Paulino, alguna cara que me resulte familiar… Camino hasta la mitad del pabellón y lo reconozco. Claro! El era Paulino!, sí, sí, era buena gente. Sonríe al verme. Me había visto desde que entré. Está solo en su cama y tiene una venda gigante en el brazo y algunas heridas en la cara.
7.
Hola Paulino! Te acuerdas de mí? Seguro no mucho. Me llamó mi tío, me dijo que tuviste un accidente. Paulino no para de sonreír. Claro que me recuerda, soy “la señorita”. Sí, tuvo un accidente, pero después hablaríamos de eso. Paulino quiere saber cómo está mi tío, como están las niñas, como está Fermín, desde cuando estoy en Lima. Yo no puedo evitar ver la venda de su brazo, tiene sangre y sobresalen solo tres dedos. Paro sus preguntas en seco. Todos están bien Paulino, pero qué te ha pasado? Cómo te sientes? Él me cuenta del mercado, de cómo les dijeron invasores, de cómo los trataron de desalojar y ellos se defendieron, de cómo de casualidad le cayó una bomba lacrimógena que le reventó en la mano, de cómo había perdido dos dedos luchando por su puesto de mercado, de cómo se sentía tan feliz de que hubiera venido a verlo, de cómo quería volver a la tienda esta Navidad. Lo detengo una vez más. Paulino: lo que te ha pasado es grave. Dime que necesitas! Dime qué puedo hacer por ti! (déjame salvarte Paulino por favor, a ver si se me pasa el remordimiento de no haber querido venir a verte), cuánta plata necesitas?, tenemos que buscar un médico fuera de este hospital que te pueda reconstruir la mano! (lo voy a pagar yo misma si es necesario, así me quede sin plata por el resto del año). Paulino me mira con su cara de ángel. Parece no importarle nada de lo que digo. Él no necesita mi ayuda y seguro se va a ofender si le vuelvo a mostrar los doscientos soles que tengo en la mano. Paulino no quiere plata, solo quiere una visita y conversar de mi familia. Paulino quiere saber si las niñas piensan en él, si han encontrado alguien bueno para que las cuide. Quiere saber si lo recibiremos en Navidad si es que logra viajar. Me quedo con él, conversando por media hora, al lado de su cama que huele a hospital del Minsa y junto a su sonrisa sincera y grande. Salgo del Bravo Chico con doscientos soles en el bolsillo y la certeza de que los ángeles en la tierra existen. Yo no pude ayudar a Paulino. Él me ayudó a mí.
8.
No volví a ver a Paulino nunca más. No recuerdo su nombre real ni sé lo que hace luego de que perdió su puesto del mercado y sus dos dedos. Espero que los años no le hayan quitado la inocencia, el amor y la sonrisa. Sé que a mí no me han quitado las ganas de recordar lo que es importante.
9.
Paulino fue un ángel que conocí.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Cuando pienso en pronombres
Cuando pienso en ustedes, vacilo entre descubrirme y confundirme un poco más. Hoy creí descifrar por qué se enamoraron y pensé que los entendía. Ayer les recriminé otra vez por mis ganas de un Marlboro más. Los extraño solo cuando me esfuerzo, pero me gusta cuando se meten en mis sueños para que no me olvide de quien soy (que me pasa a veces). Cuando se fueron, tuve que construir(me) sobre lo que dejaron, y sí, fue suficiente, pero sin duda hubiera preferido preguntas a ejercicios de metafísica. Que el tiempo lo cura todo, es solo una verdad a medias.
Cuando pienso en ti sonrió de inmediato. Y es que los hoyos, perfectamente simétricos, que se te forman en los cachetes cuando me miras, se volvieron hace años mi droga irremplazable. Ademas, con la certeza de sonar insoportablemente cursi declaro que te extraño hasta cuando te tengo al lado y que, después de algunos años, me he dado cuenta de que no importa cuánto te mire, nunca puedo tener suficiente de ti. Me gustas cuando caminas, cuando hablas, cuando bostezas, cuando duermes, cuando besas, cuando me miras y cuando neceas (que no es poco). Te conocí en un sueño hace muchos años y el día que de verdad te conocí, te convertí en mi sueño de nuevos años por venir.
Cuando pienso en ella tengo ganas de escapar. Pienso en ella y de inmediato, por contraste o por consuelo, sueño con libertad. Fantaseo con el sol del verano y con la niebla de inverno que hacen lo que quieren afuera de sus ventanas selladas y sus interiores climatizados. Pienso en mil y dos maneras de ocupar mi tiempo lejos, muy lejos de ella. Mientras tanto, lo que queda de economista en mi cerebro se obsesiona con el costo de oportunidad de estar sentada en una de sus sillas anato/ergonómica que me matan la espalda por algo mas de ocho horas cada día. Trato de no pensar en ella.
Cuando pienso en ellas, pienso en la parte de mí que perdí. Aún recuerdo nítidamente esas conversaciones que deben haber sumado unos cinco años todas juntas, las risas que reventaban y se convertían en dolor de panza de tanto no querer parar, los sueños compartidos y a veces copiados, los corazones rotos y remendados, los consejos que salieron desde el alma, las preguntas retóricas y las repetidas, los secretos guardados y los chismeados. Me pregunto dónde quedaron las ganas de verse siempre y los encuentros sin previa cita y sin tema que tratar. Cuándo fue que crecimos o cuando se nos escapó la amistad?
Cuando pienso en ellos recuerdo mis sueños de adolescente sin cumplir. Me enternezco al recordar sus caras partidas por el frío, sus sonrisas sinceras y casutas, sus ganas de ser mejor y su determinación de ser felices gracias y pese a todo. Me avergüenzo al recordar mis promesas de ayuda y cambio, llenas de energía, convicción y juventud, que quedaron en el aire. Pienso en ellos y me veo sentada en esa oficina donde solo lucho contra mi pobreza y mi ego. Lejanas siento ya esas, mis ganas incansables de hacer una diferencia, de trascender a una vida muy normal. Por ahora, diré que recuerdo mis sueños de adolescente AUN sin cumplir.
Cuando pienso en él, que es casi en lo que más pienso, tengo ganas de llorar. Lo extraño como loca pero no se lo digo en su cara. Estoy molesta con él siempre por todo y ya por nada. A estas alturas y a esta distancia, qué sentido tiene estar molesta con él? Estoy molesta conmigo por lo que no dije y lo que no hice. A sus años y a los míos, qué sentido tiene ya recriminarme por él? Pienso en él y lo veo en una foto con su nuevo look de “hectorlavoe”. Extraño su paciencia, su amor sin críticas, su docilidad y su incondicionalidad. Extraño tocar su pelo, igual al mío, y los intentos de barba que le vi crecer una y otra vez. Siento una nostalgia, que parece ya antigua, de su compañía callada pero permanente, de sus chocolates calientes perfectamente espesos (para mí), y de sus fetuchinis siempre al dente y siempre con mantequilla (para él). Me pregunto si me quiere todavía o si por no vernos el amor se le acabó. Me pregunto si me extraña o si solo está aliviado de mí. Cuando pienso en él, que es siempre, mastico el aire para no llorar.
Cuando pienso en nosotros me doy cuenta que por mucho que trate, no nos podré comprender ni aprehender jamás. Sin embargo, como soy necia, chola y terca (en suma y no en sobreposición) insistiré hasta que me canse o me muera, lo que pase primero.
Cuando pienso en mi, creo que debo andar un poco loca. Soy completamente disconforme. Prefiero complicar en vez de simplificar. Disfruto de la soledad un poco más que de la compañía. Soy un poco (?) neurótica. Amo con demasiada intensidad y muy poca frecuencia. (Casi) todo lo tengo que sufrir antes de internalizar. Pienso en mi y me doy cuenta que nada de esto ya me jode. Sí. Pienso en mi, y confirmo que soy feliz.
Cuando pienso en ti sonrió de inmediato. Y es que los hoyos, perfectamente simétricos, que se te forman en los cachetes cuando me miras, se volvieron hace años mi droga irremplazable. Ademas, con la certeza de sonar insoportablemente cursi declaro que te extraño hasta cuando te tengo al lado y que, después de algunos años, me he dado cuenta de que no importa cuánto te mire, nunca puedo tener suficiente de ti. Me gustas cuando caminas, cuando hablas, cuando bostezas, cuando duermes, cuando besas, cuando me miras y cuando neceas (que no es poco). Te conocí en un sueño hace muchos años y el día que de verdad te conocí, te convertí en mi sueño de nuevos años por venir.
Cuando pienso en ella tengo ganas de escapar. Pienso en ella y de inmediato, por contraste o por consuelo, sueño con libertad. Fantaseo con el sol del verano y con la niebla de inverno que hacen lo que quieren afuera de sus ventanas selladas y sus interiores climatizados. Pienso en mil y dos maneras de ocupar mi tiempo lejos, muy lejos de ella. Mientras tanto, lo que queda de economista en mi cerebro se obsesiona con el costo de oportunidad de estar sentada en una de sus sillas anato/ergonómica que me matan la espalda por algo mas de ocho horas cada día. Trato de no pensar en ella.
Cuando pienso en ellas, pienso en la parte de mí que perdí. Aún recuerdo nítidamente esas conversaciones que deben haber sumado unos cinco años todas juntas, las risas que reventaban y se convertían en dolor de panza de tanto no querer parar, los sueños compartidos y a veces copiados, los corazones rotos y remendados, los consejos que salieron desde el alma, las preguntas retóricas y las repetidas, los secretos guardados y los chismeados. Me pregunto dónde quedaron las ganas de verse siempre y los encuentros sin previa cita y sin tema que tratar. Cuándo fue que crecimos o cuando se nos escapó la amistad?
Cuando pienso en ellos recuerdo mis sueños de adolescente sin cumplir. Me enternezco al recordar sus caras partidas por el frío, sus sonrisas sinceras y casutas, sus ganas de ser mejor y su determinación de ser felices gracias y pese a todo. Me avergüenzo al recordar mis promesas de ayuda y cambio, llenas de energía, convicción y juventud, que quedaron en el aire. Pienso en ellos y me veo sentada en esa oficina donde solo lucho contra mi pobreza y mi ego. Lejanas siento ya esas, mis ganas incansables de hacer una diferencia, de trascender a una vida muy normal. Por ahora, diré que recuerdo mis sueños de adolescente AUN sin cumplir.
Cuando pienso en él, que es casi en lo que más pienso, tengo ganas de llorar. Lo extraño como loca pero no se lo digo en su cara. Estoy molesta con él siempre por todo y ya por nada. A estas alturas y a esta distancia, qué sentido tiene estar molesta con él? Estoy molesta conmigo por lo que no dije y lo que no hice. A sus años y a los míos, qué sentido tiene ya recriminarme por él? Pienso en él y lo veo en una foto con su nuevo look de “hectorlavoe”. Extraño su paciencia, su amor sin críticas, su docilidad y su incondicionalidad. Extraño tocar su pelo, igual al mío, y los intentos de barba que le vi crecer una y otra vez. Siento una nostalgia, que parece ya antigua, de su compañía callada pero permanente, de sus chocolates calientes perfectamente espesos (para mí), y de sus fetuchinis siempre al dente y siempre con mantequilla (para él). Me pregunto si me quiere todavía o si por no vernos el amor se le acabó. Me pregunto si me extraña o si solo está aliviado de mí. Cuando pienso en él, que es siempre, mastico el aire para no llorar.
Cuando pienso en nosotros me doy cuenta que por mucho que trate, no nos podré comprender ni aprehender jamás. Sin embargo, como soy necia, chola y terca (en suma y no en sobreposición) insistiré hasta que me canse o me muera, lo que pase primero.
Cuando pienso en mi, creo que debo andar un poco loca. Soy completamente disconforme. Prefiero complicar en vez de simplificar. Disfruto de la soledad un poco más que de la compañía. Soy un poco (?) neurótica. Amo con demasiada intensidad y muy poca frecuencia. (Casi) todo lo tengo que sufrir antes de internalizar. Pienso en mi y me doy cuenta que nada de esto ya me jode. Sí. Pienso en mi, y confirmo que soy feliz.
sábado, 29 de enero de 2011
Fin de semana de enero
Las flores de las jardineras están despintadas. Tanto verano y tanto sol no les hicieron bien. Ahora son fucsias y a la vez rosadas, naranjas y a la vez melones, moradas y a la vez lilas. Parece que les gusta trepar por las paredes de las casas y vestirlas de colores que son al mismo tiempo fosforescentes y desgastados. Mi madre las llamaba buganvillas y más de una vez trató de que treparan por la pared de mi casa también. Es posible que las flores reales se despinten?
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Tengo un iPad y soy una niña otra vez. Desde la última Barbie nueva a los trece años, no me había vuelto a sentir tan entusiasmada con un objeto. Tengo veintinueve años y he descubierto que todavía puedo tener un juguete. No paro de mirarlo cuando no puedo jugar con él. Escribo este post casi solo para probar que me sirve para todo. Me encanta mi nuevo juguete que demoró dieciséis años en llegar. Me encanta más quien me lo regaló con tanto amor y entusiasmo.
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Insisto en creer que se me fue la inspiración y en culpar por ello a mi monótono trabajo, que me obligó a conformarme. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que todavía puede haber esperanza para mí. Ya dos veces en las últimas semanas sentí ese ardor de saber que puedo hacer algo que importe, de no pensar solo en mí y de querer ser trascendente. Ya dos veces me sentí viva mas allá de este momento.... Derepente mi inspiración solo estaba haciendo una siesta y derepente debería yo empezar a hacer ese calendario de countdown en el que tanto he pensado. Derepente las semanas pueden volver ser algo más que esperar por las seis de la tarde y el viernes...
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Me corté la mano el 27 de agosto tratando de procurarme un pedazo de queso que cumpliera con mis requerimientos de forma y tamaño. Fue algo insignificante, pero cinco meses después tengo una cicatriz horrenda e imperdible con la forma de algún estado gringo a la que no le puede dar el sol y que muy seguramente necesitará una cirugía menor (no, no es de esas de las que te sientes orgullosa porque te hacen ver más valiente). Mi cicatriz me recuerda dos cosas: el cumpleaños de Salvador y mi terrible terquedad. No vuelvo a cortar queso jalando el cuchillo hacia la mano que lo sujeta, no porque acepte que mi técnica es equivocada, sino porque me dolió.
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No dejo de soñar con mi casa y debe ser por eso que la extraño más que nunca. Mi casa es donde fui una niña y una adolescente. Donde formé mis sueños, donde lloré como nunca, donde me sentí protegida. Extraño especialmente a mi cuarto, que fue durante años mi propio y privado mundo formado por muebles de color melón. Con sorpresa me doy cuenta que cuando cierro los ojos, puedo ver cada detalle de mi cuarto tal y como lo dejé por última vez hace cinco años. Veo cada mueble, cada adorno, cada muñeca de pierrot, cada peluche elegido. Puedo sentir el olor de los muebles y la manera en que el colchón me recibe cuando me echo en la cama. Puedo abrir cada cajón y ver la ropa que guardaba. Me doy cuenta de que a veces una necesita un lugar donde volver y envidio en secreto a quienes aún lo conservan.
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El mar tiene la cualidad de hacerme sentir feliz de manera instantánea. No importa ninguna resaca, tristeza, pms, cansancio o enojo, una vez que pasaron los diez segundos iniciales de frío, cuando estoy en el mar, soy plenamente feliz. Las olas que revientan o las que están por reventar o las que nunca se formaron me fascinan (vengan con arena o no) y mi principal criterio para comprar una ropa de baño es que me deje tirarme huacachas con comodidad. Me encanta como brilla el sol en el agua y disfruto al pelear con las corrientes para tratar de mantenerme en un solo lugar. El mar me hace sonreír con cara de tonta y me provoca dar saltos. Definitivamente creo que eso podría llamarse un pedacito de felicidad.
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Tengo un iPad y soy una niña otra vez. Desde la última Barbie nueva a los trece años, no me había vuelto a sentir tan entusiasmada con un objeto. Tengo veintinueve años y he descubierto que todavía puedo tener un juguete. No paro de mirarlo cuando no puedo jugar con él. Escribo este post casi solo para probar que me sirve para todo. Me encanta mi nuevo juguete que demoró dieciséis años en llegar. Me encanta más quien me lo regaló con tanto amor y entusiasmo.
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Insisto en creer que se me fue la inspiración y en culpar por ello a mi monótono trabajo, que me obligó a conformarme. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que todavía puede haber esperanza para mí. Ya dos veces en las últimas semanas sentí ese ardor de saber que puedo hacer algo que importe, de no pensar solo en mí y de querer ser trascendente. Ya dos veces me sentí viva mas allá de este momento.... Derepente mi inspiración solo estaba haciendo una siesta y derepente debería yo empezar a hacer ese calendario de countdown en el que tanto he pensado. Derepente las semanas pueden volver ser algo más que esperar por las seis de la tarde y el viernes...
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Me corté la mano el 27 de agosto tratando de procurarme un pedazo de queso que cumpliera con mis requerimientos de forma y tamaño. Fue algo insignificante, pero cinco meses después tengo una cicatriz horrenda e imperdible con la forma de algún estado gringo a la que no le puede dar el sol y que muy seguramente necesitará una cirugía menor (no, no es de esas de las que te sientes orgullosa porque te hacen ver más valiente). Mi cicatriz me recuerda dos cosas: el cumpleaños de Salvador y mi terrible terquedad. No vuelvo a cortar queso jalando el cuchillo hacia la mano que lo sujeta, no porque acepte que mi técnica es equivocada, sino porque me dolió.
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No dejo de soñar con mi casa y debe ser por eso que la extraño más que nunca. Mi casa es donde fui una niña y una adolescente. Donde formé mis sueños, donde lloré como nunca, donde me sentí protegida. Extraño especialmente a mi cuarto, que fue durante años mi propio y privado mundo formado por muebles de color melón. Con sorpresa me doy cuenta que cuando cierro los ojos, puedo ver cada detalle de mi cuarto tal y como lo dejé por última vez hace cinco años. Veo cada mueble, cada adorno, cada muñeca de pierrot, cada peluche elegido. Puedo sentir el olor de los muebles y la manera en que el colchón me recibe cuando me echo en la cama. Puedo abrir cada cajón y ver la ropa que guardaba. Me doy cuenta de que a veces una necesita un lugar donde volver y envidio en secreto a quienes aún lo conservan.
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El mar tiene la cualidad de hacerme sentir feliz de manera instantánea. No importa ninguna resaca, tristeza, pms, cansancio o enojo, una vez que pasaron los diez segundos iniciales de frío, cuando estoy en el mar, soy plenamente feliz. Las olas que revientan o las que están por reventar o las que nunca se formaron me fascinan (vengan con arena o no) y mi principal criterio para comprar una ropa de baño es que me deje tirarme huacachas con comodidad. Me encanta como brilla el sol en el agua y disfruto al pelear con las corrientes para tratar de mantenerme en un solo lugar. El mar me hace sonreír con cara de tonta y me provoca dar saltos. Definitivamente creo que eso podría llamarse un pedacito de felicidad.
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