Nací el día de la virgen del Carmen. Siempre me dijeron que eso era algo especial y yo lo creí. Durante varios años fui a la serenata para recibir el 16 de julio, donde la gente comía, chupaba y rezaba hasta la madrugada. Todos esperaban recibir y festejar mi cumpleaños y había fuegos artificiales y misa y fieles. Qué más necesitaba una niña para convencerse de que su cumpleaños era algo especial.
Mi segundo nombre es Del Carmen, no solo Carmen, sino Del Carmen. Dice la leyenda que me pusieron el nombre sin que mi mamá lo supiera, porque de haberse enterado del plan a tiempo, hubiera ido ella misma, luego de parirme, a la municipalidad de Arequipa a asegurarse de que el nombre que ella había diseñado para mí no fuera malogrado por un innecesario y absurdamente religioso “Del Carmen”.
Me cuentan que cuando nací, además de una cesárea y una epidural, hubo llanto de alegría y jarana criolla. No sé si fue por eso o porque crecí escuchando al Zambo Cavero y a Chabuca, que me sé de memoria casi todas las letras de las canciones criollas bajo el sol.
Mientras crecí, me dijeron que era brillante, que tenía talento, que era capaz de hacer lo que quisiera, que era preciosa y que el mundo sería mío algún día. Cuando lloré, me consolaron con ternura y optimismo. Cuando tuve pesadillas, me abrazaron cada vez. Cuando tuve miedo, me cuidaron. Además, como si fuera poco, me cepillaron el pelo antes de irme a dormir y me compraron regalos increíbles e inesperados. Mientras crecí, sé que fui adorada y me sentí como una reina.
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Salvador se fue cuando yo tenía once y estaba terminando de ser una niña. Cuando se fue, perdí mi trono y mi corona, dejé de disfrutar de su amor mientras me cepillaba el pelo, de sus abrazos luego de las pesadillas, de sus regalos con juguetes pasados de moda, de sus casettes del Zambo Cavero y de la seguridad que sentía con solo verlo venir.
Para él, para Salvador, fui una reina desde que nací y me puso del Carmen a escondidas y lloró de alegría cuando me vio por primera vez.
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Hace años que no creo en vírgenes ni en santos ni en el hecho de que mi fecha de nacimiento tenga algún significado particular. Sin embargo, hoy, al darme cuenta de que nací el día de la virgen de la que mi padre era devoto, me siento más especial que nunca. Hoy entiendo que Del Carmen no es solo la parte que desentona con mi nombre, sino que es la parte que más me gusta.
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Es 27 de Agosto, Salvador, y vives en mi corazón y en mis acciones. El mundo es mio papá, en gran parte gracias a tu amor.