martes, 19 de enero de 2010

Con-formándome

En algún punto de mi vida me convencí de que si algo no me gustaba, yo tenía que cambiarlo. O al menos tratar.

No me acuerdo si alguien me lo dijo, si saqué la idea de algún libro o, si por alguna falla de mi razonamiento, equivoqué esta conclusión (en realidad lo más probable es que mi madre me lo inculcara antes de que yo pudiera decidir si la idea me gustaba o no). Sin embargo, sí recuerdo claramente la primera vez que tomé consciencia de este principio. Fue el mismo día que descubrí que mis verdades universales eran más bien muy locales.

Tenía 16. Estaba en cuarto de media y mi promoción del colegio había pasado semanas preparándose para un concurso. Llegado el día, luego de un aplaudido desempeño, nos había quedado claro que éramos los indiscutibles ganadores. Grande fue la sorpresa cuando horas después, nos enteramos de que lo único que habíamos ganado era un miserable segundo lugar. A todas luces la decisión había sido injusta (para nosotros, los perdedores) y por lo tanto, había que armar un plan de acción para remediar la situación: Enviar una carta al Director, hablar con la Junta Directiva, mandar un fax a la Asociación de Padres de Familia, presentar una queja formal ante el Ministerio de Educación y, si era necesario, llamar a la policía. Se había cometido una injusticia y para que el mundo tuviera sentido otra vez, alguien tenía que remediarla!

Estaba yo en medio de estas reflexiones, tratando de azuzar a un par de incautas, cuando fui interrumpida por una cachetada de triste realidad: "hijitas, para qué se hacen problemas, las cosas son como son, suficiente con que ustedes sepan que lo hicieron bien, déjense de tonterías y ya vamos a la casa". Era la mamá de una de mis mejores amigas. La mujer que en un segundo pasó de ser mi tía a ser mi casi nadie, alguien con quien nunca más tendría algo en común (pensé). Ella vivía fatigada antes de iniciar la batalla, yo (pensándolo de manera consciente por primera vez), JAMAS, me rendiría sin pelear. Yo no. Yo nunca.

Me programé de inmediato, me convencí en un instante: YO NUNCA ME CONFORMARIA.

Desde el día que tomé tamaña determinación han pasado ya más de doce años y tratar de aplicar este principio me ha deshidratado más de una vez, por decir lo menos. Creo que uno de los mejores ejemplos de esto es también el más absurdo. Hace un par de años, me acababa de mudar y siendo aún joven e ingenua, traté de transferir mi número de teléfono fijo de Telefónica del Perú. Para hacer la historia corta, cuatro meses después de instalada en mi nueva residencia, no tenía línea telefónica, había acumulado cuatro recibos por esta línea inexistente y había desperdiciado alrededor de 30 horas de mi vida tratando de obtener una respuesta lógica de Telefónica. Para alguien que haya tenido que lidiar con esa empresa o alguna de sus relacionadas, sabrá que no exagero cuando digo que un día, mientras trataba de explicar mi caso por centésima vez, llegué a llorar de rabia con la operadora en el teléfono.

Tuve varios casos como el de Telefónica, peleas absurdas con interlocutores imposibles, entre los que probablemente se encuentran todos los bancos del Perú con sus respectivas áreas de servicio de atención al cliente. Cada mal servicio, cada promesa incumplida, cada publicidad engañosa, yo tenía que solucionarlos. Tenía que hacerles ver su error, que lo reconocieran, que lo resarcieran y que además, pagaran mi costo de oportunidad por el tiempo perdido en el teléfono con ellos. De todas estas batallas ridículas, el 90% solo sirvió para empeorar mi gastritis y hacerme fumar una buena decena de cajetillas de cigarros de más, el 5% fueron triunfos que no me dieron más que una alegría pasajera de media hora y el 5% restante terminaron siendo anécdotas graciosas gracias a un par de testigos que tuvieron a bien disfrutarme, hasta cuando repetía mi nombre completo, fecha de nacimiento y dirección cuatro veces en un día, solo para probarle a alguna operadora que yo era yo.

Otros casos igual de menores en importancia, pero repetitivos a lo largo de mi historia reciente, incluyen discusiones (que trataron de ser asertivas) con más de una decena de personas abiertamente racistas u homofóbicas, cerradamente religiosas o simplemente indiferentes. La mayoría de enemistades y fracasos que cuento aquí incluyen a quiénes me referiré como fanáticos religiosos que, no gracias a mis argumentos dejarán de creer que los homosexuales no tienen alma y los no cristianos no tienen salvación. También están los que ya no dicen “cholo”… delante de mí.

Luego de doce años de tratar de no conformarme de manera consciente, las anécdotas absurdas han sido sin duda mi menor costo y me han servido para sacar un nuevo principio: Elige tus batallas. Es posible que ese haya sido el mensaje que la mamá de mi amiga de 16 años quisiera transmitirme ese día de 1997.