viernes, 29 de octubre de 2010

En las alturas

“Imposible que duerma acá”, concluí luego de diez minutos de tratar de decidirme. La frazada era ploma, pesaba al menos tres kilos, tenía un diseño de cuadrados blancos y rojos y un olor extraño e indescifrable que la terminaban de hacer simplemente repulsiva.

La frazada de la cama de al lado también era ploma, tenia vicuñas negras en lugar de cuadrados blanquirojos y un tono semi-marrón que me ahuyentaron de inmediato.

Me tenía que quedar con la frazada que apestaba a solo-Dios-sabe. Dormir con los zapatos puestos y una buena casaca con capucha, solucionarían el problema, pensé dándome falsos ánimos.

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Habíamos viajado por casi cuatro horas. Los caminos fueron serpenteantes y peligrosos, pero el paisaje era tan hipnotizante, que su belleza alejaba la idea de muerte en las carreteras, que hoy no deja de atormentarme.

En algún momento del trayecto, en la mitad de la sierra peruana, a miles de metros sobre el nivel del mar, el mundo tuvo sentido después de mucho tiempo. La vida era hermosa solo porque sí. El aire fino y difícil de respirar, la cara partida por el frío, los andenes antiguos, los cerros, la inmensidad azul intenso, la vida y yo. Todo tenía sentido y, cada vez que inhalaba, sentía un placer desconocido y tranquilizante. La vida era buena y sin importar nada, yo había descubierto que podía ser feliz, una vez más.

Cuando llegamos al pueblo, la fascinación que sentí en la carretera se empezó a desvanecer. Más tarde, una vez en la habitación que sería mi morada por los próximos días, donde me encontré analizando frazadas, más bien me sentí atrapada en un mal sueño.

Íbamos a permanecer en el pueblo dos semanas. Éramos cinco personas. Todos hombres menos yo. El hospedaje: una habitación con seis camas con frazadas malolientes y con un baño a la intemperie. Sobre el agua caliente, ni siquiera me atreví a preguntar (seguro podría vivir dos semanas sin bañarme… o inventar alguna excusa para regresar a la civilización cuanto antes).

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Para mi sorpresa sobreviví las dos semanas sin más sobresaltos que una pésima resaca luego que descubrí de manera literal lo que significa que “te dé el aire” y a punta de almorzar y comer galletas de soda con té todos los días. Más sorprendente aún fue darme cuenta de que mi hospedaje había sido un lujo comparado con los que vendrían días después.

Aún recuerdo con incredulidad cómo, una semana después de haber dejado el pueblo, dormí en el piso de una oficina que era usada como almacén en la municipalidad de una comunidad que ya no tiene nombre en mi cabeza. La comunidad no tenía luz eléctrica y esa fue literalmente, la noche más obscura de mi vida. No podía ver mis propias manos sin acercármelas a cinco centímetros de la cara y claramente, dar un par de pasos era casi un deporte de aventura. El remate se presentó al día siguiente, cuando una fiebre de 39 grados me acompañó a caminar por tres horas en medio de los andes interminables.

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Mi aventura de caminos serpenteantes por la sierra, malos hospedajes y peor comida terminó luego de un par de meses, cuando mis ascos y miedos iniciales habían quedado ya bien enterrados. Aún recuerdo con nostalgia esos días, cuando la vida dejó de tratarse de modas importadas, pelos bien peinados, ropa nueva y comida caliente y empezó a tratarse de algo más…de algo que ahora ya no me acuerdo. Hoy es como un sueño lejano y borroso, pero por un momento que acabó antes de empezar, mientras ayudaba a armar fitotoldos en Huancavelica y participaba en audiencias comunales, me sentí trascendente.

Desafortunadamente le tomó a la Lima solo unos meses traerme de vuelta al mundo de las vanidades, comodidades y superficialidades que hoy me procuro y consiento diariamente con abierto descaro y que he llegado a creer, merezco. Solo ayer me avergonzaba de mi misma cuando la chica que atiende en el restaurante donde almuerzo, se esmeraba por convencerme de que el plato del día sería “de mi agrado” y que ella misma se encargaría de pedir que lo cocinen a mi gusto. Soy tan una ladilla engreída a los ojos de esa pobre mujer, que me habla como si fuera una niña de cinco años que se rehúsa a comer lo que no le gusta.

Siete años hace que dormí bajo una frazada ploma de tres kilos a casi cuatro mil metros de altura y caminé por horas luchando contra la sierra para poder respirar mientras fumaba un Hamilton de veinte céntimos. Hoy recordé ese tiempo, en que fui libre y valiente a los 22 años, y anhelé la libertad de no tener miedo de lo incierto, la libertad de no pensar en mi imagen mirándome de vuelta en un espejo y la sensación de ligereza que da.. justamente eso que ya no me acuerdo.

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